En un país atravesado por el ajuste brutal del gobierno de Javier Milei, la conducción de la Confederación General del Trabajo vuelve a anunciar un paro general de 24 horas. Lo hace para el 19 de febrero o para el día en que Diputados trate la ley. Lo hace, otra vez, cuando el daño ya está hecho y la media sanción ya fue votada. Llega tarde. Y llega, además, “sin movilización”.

Un paro sin movilización es apenas un gesto decorativo. Una formalidad. Una válvula de escape para la bronca acumulada. No es la herramienta histórica que supo ser la huelga general cuando los trabajadores paralizaban la economía y ocupaban las calles, cuando el Congreso era rodeado por columnas obreras y el poder político sentía el peso real de la clase trabajadora organizada.

Decir “sin movilización” es quitarle el nervio a la medida. Es desactivar su potencia antes de que nazca. Porque lo que puede preocupar al Gobierno no es solo que se frene la producción por 24 horas, sino que cientos de miles desborden el centro político del país y hagan visible que el ajuste no pasa sin resistencia.

Después de más de dos años de motosierra y transferencia de ingresos hacia los sectores concentrados, la CGT no puede limitarse a un paro aislado. Lo que se necesita es un plan de lucha escalonado y creciente: asambleas en cada lugar de trabajo, plenarios regionales, paros parciales por rama, movilizaciones masivas y un paro nacional activo que sea la culminación de un proceso de organización desde abajo.

Un paro activo implica movilización. Implica calles llenas, Congreso rodeado, trabajadores protagonistas. Implica que el conflicto no se administre desde un despacho sindical, sino que se construya en cada fábrica, cada escuela, cada hospital, cada oficina pública.

El desafío está en los propios trabajadores. En su capacidad de autoconvocarse, de organizar asambleas, de debatir democráticamente cómo enfrentar el ajuste. Si la conducción vacila, la historia demuestra que las bases pueden empujar. Porque cuando la distancia entre la dirigencia y los afiliados se hace demasiado grande, surgen nuevas formas de organización que desbordan a los caciques sindicales.

Lejos parecen quedar los tiempos de líderes como Saúl Ubaldini, Agustín Tosco o Raimundo Ongaro, que entendían la huelga como un hecho político de masas y no como una declaración simbólica. Aquellas experiencias enseñan que la fuerza del movimiento obrero no reside solo en la estructura formal, sino en la convicción y la organización consciente de sus bases.

Hoy, más que un paro de 24 horas, se necesita un rumbo. Un programa. Un plan sostenido que marque que el ajuste no será gratuito. Si la CGT no está dispuesta a dar ese paso, serán los trabajadores quienes deberán imponerlo desde abajo.

Porque la historia del movimiento obrero argentino no fue escrita por la pasividad, sino por la lucha. Y cuando la dignidad se organiza, ningún gobierno, por más decidido que esté a aplicar el ajuste, puede ignorarla.

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