Cuando la economía no cierra, el relato se agranda. Es casi una ley no escrita del poder: si la heladera está vacía, se llena la agenda con enemigos imaginarios. En la Argentina de Javier Milei, la ecuación parece repetirse. Mientras la pobreza roza el 50% y millones ajustan su vida cotidiana al límite, el gobierno decide dar batallas épicas contra fantasmas.

El caso es casi caricaturesco: 280.000 dólares presentados como una amenaza global. Una cifra que, en cualquier planilla seria del Estado, es vuelto chico. Mucho más si se la compara con los créditos del Banco Nación otorgados a funcionarios y dirigentes del propio oficialismo, por montos varias veces superiores. Ahí no hubo conspiración, ni cadena nacional, ni indignación presidencial. Solo silencio administrativo.

La historia de los “espías rusos” merece un capítulo aparte. Lev Konstantinovich Andriashvili e Irina Iakovenko fueron mostrados como trofeos de inteligencia… para después irse del país sin problemas y volver meses más tarde como turistas VIP. Ni detenidos, ni investigados, ni siquiera molestados. Si esto es seguridad nacional, el concepto quedó en liquidación.

En paralelo, algunos medios jugaron su parte en esta coreografía. Infobae y El Cronista —propiedad de José Luis Manzano— editaron, omitieron y acomodaron piezas. Nada nuevo: la independencia suele ser más un eslogan que una práctica cuando los intereses pesan.

Pero el dato incómodo sigue ahí, intacto: la economía. Salarios que pierden contra la inflación, consumo en caída y una pobreza que se expande como mancha de aceite. Esa es la verdadera “guerra” que se libra todos los días, sin metáforas ni tuits grandilocuentes.

La política puede intentar distraer, exagerar o incluso inventar enemigos. Pero hay algo que no puede maquillar: la realidad. Y cuando esa realidad aprieta, no hay conspiración que alcance ni relato que la tape. Porque al final, el problema no son los 280.000 dólares. El problema es todo lo demás.

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