Los sindicatos están luchando contra la denominada Ley de Modernización Laboral, que en realidad es regresiva. En especial, contra el Fondo de Asistencia Laboral, que permitiría despedir personal sin razonabilidad y sin costo alguno. Este fondo se integra con un aporte patronal del tres por ciento de la masa salarial, pero al mismo tiempo se reduce en igual porcentaje el aporte al sistema jubilatorio. En concreto, el despido injustificado pasa a no tener costo real para el empleador.

La amenaza de que a la patronal le afecte el bolsillo por despedir es la única garantía de protección contra el despido arbitrario, tal como manda nuestra Constitución Nacional. Lo más probable es que el patrón despida a los trabajadores de mayor edad: cobrarán su indemnización, pero luego no conseguirán empleo.

Esta lucha es correcta, pero insuficiente.

Hasta 1955, el movimiento obrero era protagonista de la Argentina. Tenía gobernadores y vicegobernadores; intendentes, legisladores nacionales y provinciales, y concejales. El Ministerio y la Secretaría de Trabajo, tanto a nivel nacional como provincial, estaban a cargo de dirigentes sindicales. Incluso existían cargos diplomáticos: el agregado laboral tenía el mismo rango que el agregado comercial.

Estas funciones no eran una gentileza de los políticos: les correspondían por su protagonismo. Los obreros y sus hijos, los argentinos en general y muchos extranjeros podían estudiar en institutos técnicos y luego acceder a la Universidad Obrera. Para iniciar talleres o constituir empresas solo se requería acreditar el título, y el Banco Industrial facilitaba los medios.

Tras el golpe de 1955 fue el movimiento obrero quien mantuvo en alto las banderas de la soberanía, la independencia y la justicia social. Hicieron huelgas, movilizaciones y, en la clandestinidad, se intercomunicaban para ser más eficientes. Ellos lograron la vuelta de Perón, no los políticos. Fueron encarcelados, torturados, asesinados y expatriados.

Perón, en su tercera presidencia, se apoyaba en el movimiento obrero para gobernar. Por eso asesinaron a Rucci, secretario general de los trabajadores. Perón dijo entonces que le habían cortado el brazo derecho.

Los sindicatos, aun después de la caída y la muerte de Perón, contaban con equipos de estudio sobre los problemas nacionales e internacionales. No se limitaban a la discusión salarial. Hoy la Argentina necesita una voz, un brazo y un cerebro que luchen no solo por los agremiados, sino también por los desocupados, los informales y los jóvenes Ni-Ni (ni trabajan ni estudian).

Los partidos políticos son una cáscara vacía. Caducaron. Ni siquiera registraron los grandes cambios del mundo. Las universidades, otrora formadoras de pensamiento y dirigencia nacional, hoy ya no cumplen ese rol: solo salen a la calle para defender presupuestos. Mientras tanto, nos alineamos incondicionalmente con Trump y permitimos bases militares norteamericanas en Tierra del Fuego. Pese a las estadísticas oficiales, aumentan la pobreza y la desocupación.

Así como Milei, con su mega Decreto de Necesidad y Urgencia, destruyó la estructura jurídica de la Argentina, Trump, con sus delirios, también daña el orden internacional. Intenta imponer un esquema de amos y vasallos, y Milei eligió el segundo lugar.

La antigua antinomia entre el puerto y el interior profundo sigue vigente. Los mejores centros médicos y educativos, salvo excepciones, están en la CABA. Allí la jornada completa es norma; en el interior, excepción. Es un país injusto. Milei gobierna con DNU, bloquea la posibilidad de rechazo legislativo y veta leyes. Con la nueva composición del Congreso, el insistimiento parlamentario es casi imposible. Al anular al Poder Legislativo, se lesiona la República. Nos dirigimos al pensamiento único.

El mundo se derrumba y nuestros sindicatos, aun con reclamos válidos, poco hacen para evitar ese derrumbe. Ni siquiera emiten declaraciones firmes contra la entrega de la soberanía.

Necesitamos que el movimiento obrero vuelva a ser, como antes, el pilar que nos sostenga. No con fuerza bruta, sino con proyectos que hagan viable una nación para todos. Hay que convencer a Milei de que sin consenso no hay república, ni nación, ni inversores. En esa dirección también deben orientarse las universidades y los colegios profesionales.

Los trabajadores no tienen techo: están en el piso. Si Lula y Walesa llegaron a presidentes desde sus sindicatos; si Mandela presidió una república donde los negros eran descartables; si Gandhi, con su oposición pacífica, liberó a la India, también pueden lograrlo nuestros obreros. Capacitándose, estudiando no solo su empresa sino el mundo, siendo ejemplo de honestidad, eficiencia y servicio. Con propuestas razonables y modernas pueden conducir, mejor aún, con consensos.

En Salta deben seguir el ejemplo de Xamena y Olivio Ríos: eficientes, serviciales y honestos. Arciénaga, gran luchador, hombre sabio y destacado diputado nacional. Mujica, en Uruguay, ejemplo de honestidad y humildad, reconocía la importancia de los empresarios que invierten y generan impuestos y trabajo. Debemos hacer lo mismo: usar con inteligencia el conocimiento, el capital y la capacidad de conducción.

El movimiento obrero debe volver a ser la columna vertebral, pero esta vez de todos los argentinos.

Febrero de 2026
Santos Jacinto Dávalos

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