
Presentador, milonguero y guardián de la tradición tanguera, Hugo Jorge Moreno pasó por El Cronista Salta y dejó un testimonio cargado de historia, anécdotas y pasión. “El tango es un sentimiento que se baila”, resume quien lleva más de medio siglo caminando la pista a su manera.
Hablar de tango con Hugo Jorge Moreno es hablar de tiempo, de memoria y de tradición viva. A sus 76 años, este presentador y tanguero de origen no necesita academias ni diplomas: aprendió mirando, escuchando y sintiendo. “A los 22 años vi bailar tango y de ahí no paré más”, confiesa, marcando el inicio de un vínculo que ya lleva más de cinco décadas.
Moreno comenzó a trabajar a los 18 años en el Instituto Provincial de Seguros, donde desarrolló una carrera de 47 años hasta jubilarse. Pero paralelamente, el tango fue creciendo como una presencia constante en su vida. El punto de quiebre llegó una noche en un bailongo de aquellos, cuando acompañó a una joven a festejar su cumpleaños al histórico Quenco, en la calle La Madrid. Entre trajes negros, moñitos chicos y una orquestita que subió de madrugada, el tango apareció con fuerza. “Cuando subieron a bailar tango, ahí me quedé”, recuerda.
Aunque alguna vez probó clases formales en UPCN, reconoce que no fue lo suyo. “Fui dos o tres veces y no volví más. Yo aprendí mirando, practicando en casa y bailando a mi estilo. Cada tanguero tiene su estilo”, afirma. Ese estilo propio es el que lo llevó a recorrer milongas, tanguerías históricas y escenarios, siempre con la misma pasión.
Conoce a los profesores, a los bailarines y a los dueños de las casas tangueras. Recuerda con precisión lugares que marcaron época, como las tanguerías de Manolo, el Centro Catamarqueño de Benjamín Toro, el Salón Valentino de Antonio Furci o los reductos donde sonaban las orquestas de Kelvin Taborda y Arturo Carabona. Nombres, calles y anécdotas brotan con naturalidad, como si el tango también fuera una forma de cartografía urbana.
Sobre el tango actual, Moreno observa con respeto la evolución. Destaca el crecimiento de las academias y la disciplina de los nuevos bailarines, aunque nota diferencias con el tango de antes. “Hoy están muy esquematizados, bailan todos igualito, siguiendo los códigos”, explica, sin crítica, pero con la mirada de quien vivió otra época. Aun así, celebra que los jóvenes tomen la posta: “Mientras ellos estén en esa temática, el tango va a perdurar para siempre”.
Esa permanencia se refleja también en la proyección internacional del género. “El tango es un sentimiento que se baila”, repite, convencido de que esa carga emocional explica por qué se lo baila en Francia, Rusia o los Países Bajos. Los mundiales de tango en Buenos Aires, agrega, son una muestra clara de ese fenómeno y del movimiento cultural y turístico que genera.
Como presentador, Hugo se toma el oficio con el mismo respeto. Antes de anunciar a un cantor, lee las letras, busca el sentido y pone palabras que nacen del corazón. “Me gusta hacerlo de corazón”, dice. Y cuando se trata de cobrar, mantiene una ética tan antigua como el tango mismo: “Poneme al último, si sobra me das, si no sobra, no”.
Entre risas, también aparecen las anécdotas pintorescas, como aquella confusión con el tango Loca, cuando una invitación a bailar terminó en un malentendido que arrancó carcajadas. Historias mínimas que pintan de cuerpo entero a un hombre que vive el tango sin solemnidad, pero con profundo respeto.
Hoy, ya jubilado y con los hijos independizados, Hugo Jorge Moreno sigue presente en las milongas, en la glorieta de la Plaza 9 de Julio y en cada presentación donde el tango vuelve a latir. “El tango lo llevo metido en las venas”, resume, sin necesidad de exagerar. En su voz, esa frase no es metáfora: es biografía.





