Las hazañas legendarias de los libertarios se deshilachan en tiempo real. Lo que prometía ser una revolución contra “la casta” empieza a parecerse demasiado a aquello que juró destruir. Y ya no lo dicen solo sus opositores: los propios medios que blindaron al gobierno empiezan a marcar distancia. Cuando el relato se fisura desde adentro, la crisis deja de ser un episodio y se convierte en tendencia.

En el corazón del poder, el karinismo ya da por descontada la caída del jefe de Gabinete. Golpeado sin piedad por propios y ajenos, sin respaldo político y con una imagen devastada, su salida parece cuestión de días. No hay defensa posible frente a una seguidilla de escándalos que combinan ostentación, negocios cruzados y sospechas cada vez más difíciles de contener. El caso “Ladroni” se transformó en el emblema de un ciclo que entró en putrefacción acelerada.

El entramado de poder se reconfigura. Karina avanza para consolidar el control sobre áreas sensibles como la SIDE, en medio de versiones de cambios inminentes y nombres que empiezan a circular. La lógica es clara: blindar el núcleo duro mientras el costo político se descarga sobre funcionarios desgastados. Una estrategia conocida, pero no siempre efectiva cuando el deterioro es estructural.

El problema ya no es solo un funcionario. Es el impacto directo sobre la figura presidencial. Las encuestas empiezan a reflejarlo con crudeza: la imagen positiva perfora pisos peligrosos, mientras la negativa roza niveles críticos. En el propio oficialismo lo admiten sin eufemismos: el escándalo “está destruyendo” al gobierno desde adentro.

El denominado “affaire Ladroni”, sumado a episodios como el caso $LIBRA y otros conflictos que se acumulan, terminó por romper el cerco mediático. Clarín y La Nación, históricos sostenes del relato oficial, comenzaron a soltar amarras. Y, cuando eso ocurre, el poder entra en zona de riesgo.

La decadencia no suele anunciarse con estruendos, sino con señales persistentes: funcionarios que caen, internas que afloran, encuestas que se desploman y aliados que se alejan. El gobierno de Milei empieza a transitar ese sendero. La pregunta ya no es si habrá cambios, sino si alcanzarán para frenar una caída que, por ahora, parece no tener piso.

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