Los industriales atraviesan su peor momento, pero eligen callar mientras la apertura económica profundiza la desindustrialización del país.

La Conferencia Anual de la Unión Industrial Argentina (UIA) comenzó bajo un clima tan solemne como incómodo. Los principales empresarios del país atraviesan el momento más crítico de las últimas décadas, aunque en público intenten disimularlo con aplausos formales y discursos contenidos. En vez de mostrar dignidad ante el derrumbe del aparato productivo, prefieren el silencio antes que el conflicto con el modelo económico impulsado por el presidente Javier Milei y su hermana.

En la intimidad, los industriales admiten lo que niegan frente a los micrófonos: están importando casi la mitad de lo que antes producían. A pesar de eso, optan por la sumisión antes que por la defensa del trabajo argentino. Aplauden reformas que los perjudican y celebran políticas que profundizan la desindustrialización. La llamada “burguesía nacional” parece haber quedado reducida a un grupo de empresarios domesticados que, mientras lamentan la caída de sus sectores, siguen financiando y legitimando al proyecto que los está devorando.

Este gobierno es más rápido que el de Menem”, reconocen algunos en los pasillos, resignados. Y no se equivocan. En los años 90, China aún no poseía la capacidad tecnológica y el músculo productivo que hoy la convierten en un gigante imbatible en cualquier mercado abierto sin protección. Pero los industriales argentinos, en lugar de exigir reglas que defiendan a la producción local, eligen mirar hacia otro lado.

La apertura indiscriminada avanza, la industria se desarma frente a sus ojos y ellos callan. No por prudencia, sino por miedo. Miedo a perder privilegios, contratos, subsidios. Miedo a admitir que ya no son ellos quienes concentran el poder en la economía argentina.

Lágrimas de cocodrilo en la UIA: lloran por la industria, pero firman —sin resistencia y casi con entusiasmo— su propia sentencia de muerte.

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