La muerte de Jorge Mario Bergoglio reabre los dilemas que su llegada al papado había sembrado en una Argentina en permanente polarización. Su figura, amada y resistida, interpela ahora la relación del país con la universalidad.
La muerte del Papa Francisco actualiza los interrogantes que su elección había abierto en marzo de 2013, cuando desde la noche romana se anunció que el argentino Jorge Mario Bergoglio sería el nuevo líder de la Iglesia católica. La noticia, entonces inédita para la joven historia del país, sorprendió a una Argentina aún en el final del ciclo kirchnerista, que desconocía las transformaciones políticas por venir.
Durante su pontificado, Francisco despertó amores, odios y contradicciones internas. Católicos de misa diaria que lo denostaron, ateos que lo citaron con fervor, y antiguos adversarios políticos que terminaron reivindicándolo: todos estos contrastes volvieron a manifestarse en las despedidas públicas. Como escribió Ernesto Guevara y recordó Ernesto Sábato, «hay que observar quién llora para saber dónde estaba lo llorado».
Los medios también reflotaron viejas polémicas. Algunos, como Clarín, intentaron retrotraer el debate a las investigaciones periodísticas sobre el rol de Bergoglio durante la última dictadura, iniciadas mucho antes de que el kirchnerismo existiera. Contradicciones históricas que, más que de las personas, parecen propias de los giros de la Historia.
Convertido en Francisco, Bergoglio trascendió la mirada local para insertarse en una dimensión universal. Su figura no podía ser leída ya únicamente desde los sesgos argentinos. Desde esa óptica, impactó a una izquierda mundial que vio en él gestos y posturas que excedían los parámetros tradicionales.
El legado de Francisco también interroga a la Argentina: ¿qué lugar ocupan el peronismo y el propio país en el contexto global? Su figura, como la de otros íconos argentinos –el Che, Evita, Maradona–, se proyecta en el mundo, pero siempre dejando espacios de incomodidad, interpretaciones contradictorias y lecturas abiertas.
A diferencia de su predecesor polaco, Juan Pablo II, Francisco nunca volvió a su patria durante su papado. Sin explicar nunca en primera persona los motivos, dejó que su ausencia se convirtiera en un símbolo más de su relación ambigua con su país de origen.
En su despedida, el Papa argentino, el primero de América Latina, será sepultado lejos de su tierra natal. Deja detrás suyo sonrisas, polémicas y preguntas abiertas, tanto sobre su figura como sobre la Argentina misma. El país del fin del mundo que una vez, para sorpresa de todos, dio un Papa al mundo.





