Llega la Semana Santa y, como cada año, el clima cambia. No solo en las iglesias o en las calles de Salta, donde la devoción se vuelve visible y hasta dominante, sino también en el ánimo de la gente. Hay recogimiento, respeto… y también, para algunos, distancia.

Es mi caso.
No soy creyente en el sentido tradicional, pero tampoco soy ateo. Me ubico en ese territorio incómodo y honesto del agnosticismo: no niego, pero tampoco afirmo. No tengo certezas y, quizás por eso, tampoco siento la necesidad de cuestionar la fe de los demás.
La historia de Jesucristo, su vida, su prédica y su muerte tienen una potencia que trasciende lo religioso. Aun para quienes dudamos, hay en ese relato una carga ética difícil de ignorar: el valor del sacrificio, la denuncia de la injusticia, la defensa de los más débiles. No hace falta creer para reconocer eso.
Lo que sí genera ruido, a veces, es otra cosa: no la fe, sino sus excesos; no la devoción íntima, sino su exhibición convertida en presión social. Esa sensación de que, en ciertos momentos —y la Semana Santa suele ser uno—, hay una manera “correcta” de sentir, de opinar, de participar.
Ahí es donde tomo distancia.
Porque respetar la fe también implica no imponerla. Y, del mismo modo, no creer no debería ser visto como una falta, sino simplemente como otra forma de habitar el mundo.
No veo fanáticos en cada creyente; sería injusto. Pero tampoco idealizo: como en cualquier ámbito, hay quienes confunden convicción con superioridad moral. Y ese es un riesgo que no distingue religiones, ideologías ni banderas.
Desde mi lugar, sin fe, pero con respeto, la Semana Santa no es una celebración propia, pero sí una experiencia ajena que elijo no invadir. Observo, entiendo y acompaño desde afuera.
Y en ese equilibrio, quizás haya algo valioso: aceptar que no todos creemos lo mismo, pero que eso no debería alejarnos, sino obligarnos a convivir mejor.
Porque, al final, más allá de Dios o de su ausencia, lo que sigue en juego es lo mismo de siempre: el respeto.





