El 26 de julio de 1952, a las 20.25, el país quedó marcado por una noticia que conmovió a millones de argentinos: María Eva Duarte de Perón fallecía a los 33 años, víctima de un cáncer de cuello uterino. Sin embargo, su legado político y social trascendió su corta vida y continúa vigente como uno de los símbolos más representativos del peronismo.

Evita desafió las limitaciones impuestas a las mujeres de su tiempo y dejó una huella imborrable en la historia argentina con la sanción de la Ley de Sufragio Femenino en 1947, que consagró el derecho de las mujeres a votar y ser elegidas.

Para los trabajadores, representó un compromiso absoluto con los derechos del pueblo y una entrega incondicional a los sectores más vulnerables. Esa vocación de servicio le valió el reconocimiento popular como la «Abanderada de los Humildes».

El Tren Sanitario Eva Perón

Entre las numerosas obras impulsadas durante su gestión, el Tren Sanitario Eva Perón se convirtió en uno de los proyectos más emblemáticos de la política sanitaria del primer peronismo.

Inspirado en la premisa de que «si el pueblo no puede llegar al hospital, el hospital debe llegar al pueblo», el convoy estaba integrado por doce vagones especialmente equipados para brindar atención médica en las regiones más alejadas del país.

Disponía de consultorios de clínica médica, odontología y ginecología; sala de cirugía, sala de partos, laboratorio, equipo de rayos X, farmacia, vacunatorio e incluso un vagón-cine donde se proyectaban películas educativas sobre higiene y prevención.

A bordo viajaba un equipo de 46 profesionales, entre médicos, enfermeros, odontólogos y técnicos. Tanto la atención como los medicamentos y las vacunas eran completamente gratuitos, reflejando una política pública destinada a garantizar el acceso a la salud para quienes más lo necesitaban.

Durante sus recorridos por el norte argentino, el Tren Sanitario atravesó las provincias de Tucumán, Salta, Jujuy y Formosa utilizando las vías del entonces Ferrocarril General Belgrano. En Salta realizó una breve parada en General Güemes, donde Evita saludó a los vecinos antes de continuar viaje hacia Jujuy.

El destino de su cuerpo tras el golpe de Estado

La muerte de Evita no puso fin al ensañamiento contra su figura.

Tras el golpe de Estado de 1955, el cuerpo embalsamado permanecía resguardado en el edificio de la CGT. Con el derrocamiento del gobierno constitucional, el edificio quedó bajo control de la Marina y comenzó una serie de maniobras destinadas a ocultar sus restos.

Según distintos registros históricos, entre las alternativas evaluadas por sectores antiperonistas figuraban incluso la cremación o el lanzamiento del cuerpo al mar. Finalmente, prevaleció la decisión de darle sepultura cristiana, aunque de manera clandestina.

La operación fue encomendada por Pedro Eugenio Aramburu al teniente coronel Carlos Moori Koenig, entonces jefe del Servicio de Inteligencia del Ejército (SIE).

Tiempo después, el entonces teniente coronel Alejandro Agustín Lanusse, con la colaboración del capellán Francisco «Paco» Rotger, organizó el traslado secreto del cuerpo a Italia.

El plan contempló el entierro bajo una identidad falsa en el Cementerio Mayor de Milán, con el apoyo de la Compañía de San Pablo y la autorización del superior de la congregación, Giovanni Penco, además de la aceptación del papa Pío XII.

De ese modo, los restos de Evita fueron inhumados con el nombre de María Maggi de Magistris, donde permanecieron ocultos durante catorce años. Su tumba fue custodiada en silencio por la laica consagrada Giuseppina Airoldi, quien mantuvo el anonimato del lugar mientras, en la Argentina, la figura de Eva Perón seguía viva en la memoria y el corazón de millones de trabajadores.

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