Por Roberto Chuchuy

Permítanme comenzar con una metáfora, quizá brutal, pero contundente: no hay peor sensación que el asco. Asco al ver vomitar a un borracho en la calle, mezclado con toda la basura que ha ingerido. No solo es la repulsión, es también la vergüenza ajena, la descomposición de todo.

Ese vómito se parece demasiado al que genera la oligarquía nacional, algunos sectores de Salta y, particularmente, esta Corte de Justicia. Una Corte apurada por su venganza de clase. Porque de eso se trata: de clase, más allá de cualquier otra circunstancia o actor.

Mientras tanto, el pueblo —esa dirigencia emergente que convoca a representar a las mayorías sufrientes desde minorías intensas— tiene hoy la enorme y obligatoria responsabilidad de superar toda diferencia. Tal vez los sectores dominantes se dieron cuenta de que se dispararon un tiro en los pies… o más bien en las pelotas, al despertar al gigante dormido.

Cristina proscripta es una invitación al fervor popular. Porque hay mucha gente que la quiere. Y hasta puedo decir, sin temor al ridículo, que la adora. Esa pasión puede ser contagiosa, especialmente cuando este salvaje modelo neoliberal se encamine, más temprano que tarde, hacia su inevitable ocaso.

No hay lugar en la Argentina para eso que algunos llaman “peruanización”. Un gobierno popular de derecha no tiene cabida aquí, o al menos no sin una creciente resistencia de este país que conocemos bien, porque sabemos cómo responde.

No es momento de calcular la deriva histórica. Es tiempo de que el sentimiento inmediato tome forma. Un sentimiento de asco profundo frente a esta aberración, que incluso el propio Ministro de Justicia, Mariano Cúneo Libarona, definió como tal: una aberración jurídica y política.

Asco ante la maquinaria mediática que fue anunciando el fallo de estos tres patovicas del poder. El patrón les iba cantando cada paso, como si se tratara de una ópera grotesca. Asco por ese deleite en sus rostros draculianos, por esas oraciones atropelladas, incapaces siquiera de disimular una pizca de independencia analítica.

Hablan de la cantidad de jueces por la que pasó la causa, pero callan —tal vez por vergüenza— que eso mismo multiplica el bochorno. Un proceso lleno de irregularidades escandalosas. La obra tenía sobreprecios, pero no se comprobó. Las pericias no pudieron demostrarlo. Como Sergio Moro en Brasil, aquí también juzgaron por “íntima convicción”.

Nada original, nada nuevo. Solo miseria. “Ella no podía no saberlo”, dicen. Ese es su fundamento. Pero eso no es justicia: es revancha, es odio de clase. Y asco, mucho asco, porque su mandante, su financista, su gorila del fondo más profundo del odio, lo está celebrando.

Ese festejo, en sí mismo, es la prueba más clara para saber de qué lado debemos estar. Asco porque siguen vomitando contra “la chorra”, mientras continúan saqueando este país. Asco porque lo hacen incluso quienes más ganaron cuando ella gobernaba, cuando nadie los molestó, más allá de intentar un pequeño, pero valioso, equilibrio.

Es emocionante la entereza con que Cristina volvió a manifestarse. No llamó a la violencia, sino a estar atentos. Dijo que no era tiempo de lágrimas, sino de organización, de militancia. Porque, en definitiva, los que se van a podrir, son ellos.

Quizá se terminó la interna peronista. No podrá ser candidata, pero si la cárcel domiciliaria se concreta, ese lugar será una procesión. Y tiene quien la suceda. Porque, aunque lo segundo —la condena— sobrevendrá de manera inevitable, lo primero —la lucha— les demostrará que, a pesar de todo, no nos han vencido.

Estas líneas están escritas en plural, pero nacen de lo más profundo. De un hombre viejo en la política que sigue sintiendo la obligación de militar cada día. Porque el impacto, aunque previsible, no pierde potencia. Porque estoy convencido de que, en vez de haber terminado todo… esto recién empieza.

Nos veremos en esta trinchera, de la que nunca nos fuimos.

Así lo veo yo.

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