En la historia de nuestro país, hay fechas que no sólo remiten a un hecho puntual, sino que marcan un antes y un después. Una de ellas es, sin dudas, el 29 de mayo de 1969. Aquel día, Córdoba se convirtió en el epicentro de una rebelión popular que aún resuena como símbolo de lucha y resistencia frente al autoritarismo. Fue el Cordobazo, una protesta que unió a obreros y estudiantes en un grito común contra la injusticia y la opresión del régimen dictatorial de Juan Carlos Onganía.

Este estallido social, que se gestó en el marco de una huelga general convocada por las dos CGT nacionales, fue mucho más que una medida gremial. Fue la expresión de un malestar profundo que recorría a una sociedad castigada por la proscripción política, la suspensión de paritarias y la represión sistemática. Córdoba se adelantó a la convocatoria, impulsada por el liderazgo del combativo Agustín Tosco, y transformó una medida de fuerza de 36 horas en una insurrección urbana sin precedentes.

La represión policial, lejos de aplacar los ánimos, encendió la chispa de una protesta masiva. Las columnas que marchaban pacíficamente fueron interceptadas, y la violencia estatal desató la furia popular. Las calles cordobesas fueron tomadas por trabajadores, estudiantes y vecinos que, indignados, construyeron barricadas y enfrentaron a las fuerzas del orden. La muerte de Máximo Mena, trabajador de SMATA, ejecutado por la policía con balas de plomo, fue un punto de quiebre. La resistencia se volvió imparable.

El Cordobazo no fue sólo una revuelta. Fue una señal clara de que la legitimidad no emana de las armas, sino del pueblo. La destrucción de símbolos del poder –concesionarias, casinos militares, edificios estatales– fue un mensaje contundente: el hartazgo había superado el miedo. Durante horas, Córdoba estuvo en manos del pueblo.

Las razones de esta gesta se encuentran también en lo local: la derogación de la ley del “sábado inglés”, la soberbia del gobernador Carlos Caballero, y la represión a las asambleas obreras fueron detonantes directos. Pero el trasfondo era más profundo: una dictadura sin plazo de salida, la proscripción del peronismo, la inacción del radicalismo, y la creciente exclusión de las clases populares del juego democrático.

El Cordobazo abrió una grieta en el discurso de orden y disciplina del régimen. Fue el inicio de una década convulsionada, pero también de organización y resistencia. Renunció el gobernador, se reabrieron paritarias, y la dictadura comenzó a resquebrajarse. Onganía resistió, pero su caída ya estaba escrita. Un año después, los Montoneros ejecutaban a Aramburu, y el ciclo de protestas se profundizaba. La democracia, aunque tardía, volvería a abrirse paso.

¿Qué nos queda hoy del Cordobazo? Más allá del relato histórico, lo que sobrevive es una advertencia. La protesta popular, cuando se nutre de causas justas y colectivas, es capaz de torcer el rumbo de la historia. En tiempos donde el individualismo, el consumismo y la desarticulación del Estado son moneda corriente, recordar el Cordobazo es recuperar la memoria de una Argentina que, frente a la injusticia, supo unirse y pelear.

Esa tradición de lucha no puede quedar en los márgenes del olvido. El Cordobazo fue más que una revuelta: fue una bisagra. Y como tal, merece ser recordado, estudiado y, si es necesario, imitado.

Entrada Relacionadas