Aunque el relato escolar vincula directamente la Revolución de Mayo con el celeste y blanco, historiadores sostienen que los colores patrios se consolidaron años después y que existen distintas versiones sobre los distintivos utilizados en 1810.

A propósito del Día de la Escarapela, vuelve a instalarse el debate histórico sobre el verdadero origen de los colores patrios y el uso de distintivos durante las jornadas revolucionarias de mayo de 1810.

En aquel entonces todavía no existía la bandera argentina, creada por Manuel Belgrano en 1812. Tampoco había un consenso definido sobre cuáles serían los colores representativos de la patria naciente.

Diversas versiones históricas señalan que durante los días de la Revolución de Mayo se utilizaron cintas blancas y rojas, mientras que otras mencionan los colores celeste y blanco. Sin embargo, numerosos historiadores sostienen que la asociación definitiva con el celeste y blanco se consolidó tiempo después, cuando Belgrano impulsó la creación de la escarapela nacional y posteriormente de la bandera.

El relato escolar tradicional suele presentar una continuidad directa entre el 25 de Mayo de 1810 y los actuales símbolos patrios. No obstante, investigaciones históricas más recientes plantean un escenario mucho más complejo y menos uniforme.

Historiadores como Felipe Pigna y Norberto Galasso han señalado que no existen pruebas concluyentes de que en la Plaza de Mayo hayan predominado las cintas celestes y blancas durante la revolución.

Más allá de los colores utilizados, el principal objetivo de aquellos distintivos era diferenciar a los patriotas de los sectores vinculados al poder colonial español, integrado por comerciantes porteños, grupos económicos y funcionarios comprometidos con los intereses de la corona española y la importación de productos provenientes de Europa.

También persisten debates en torno al recordado episodio de las “damas patriotas” repartiendo escarapelas. Parte de esa narración, según distintas corrientes historiográficas, proviene de reconstrucciones posteriores y no de testimonios contemporáneos directos.

En ese contexto, algunos especialistas sostienen que durante las jornadas revolucionarias de 1810 los distintivos más utilizados habrían sido blancos o blancos y rojos, mientras que la identificación automática del celeste y blanco como símbolo patrio sería, al menos en parte, una construcción posterior vinculada a la consolidación de la identidad nacional argentina.

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