De golpe y porrazo, en la ciudad de Buenos Aires, la llegada de la multinacional Uber arrasó con los conductores de taxi, quienes durante décadas se habían erigido como típicos personajes porteños: conocedores no solo de los rincones de la metrópolis, sino también de muchos secretos de la ciudad que no figuran en ningún mapa; secretos que solo se aprenden con años de calle.
En cambio, los conductores de autos de alquiler con chofer mediante aplicaciones (Uber y otras) apenas conocen la ciudad a través de la pantalla del GPS; y si este en algún momento deja de funcionar, el pasajero puede quedar varado en cualquier parte, como un velero en calma chicha.
La derrota de los taxistas fue apabullante. A pesar de todas las denuncias sobre el accionar ilegal y lesivo de Uber, el gremio se redujo a la mitad en CABA. En Salta, el impacto aún no arrojó números definitivos, aunque muchos taxistas sobreviven como “socios ocultos” de Uber: siguen siendo taxistas, pero vieron disminuir tanto su trabajo que ahora complementan sus ingresos con la aplicación, tomando viajes lucrativos en los picos de demanda.
Desde entonces, no solo los turistas perdieron referentes clave para vivir una estadía idiosincrática —que les permitía recorrer lugares históricos, descubrir algún bodegón escondido donde se come de maravilla, o sufrir los precios de Balderrama, donde te arrancan la cabeza pero te llevás una postal cultural inigualable—, sino que también los taxistas se quedaron sin pasajeros y con ingresos desplomados.
Los taxis y sus conductores, con sus historias y anécdotas, eran una pieza esencial de la cultura salteña. En Salta, a diferencia de Buenos Aires, no existió una figura como Rolando Rivas, el famoso taxista de la telenovela setentista, pero sí existió esa imagen del laburante de la calle: ese trabajador que se ganaba el mango manejando por la ciudad.
En Buenos Aires, la mala fama de los taxistas —alimentada por los cobros abusivos a turistas— fue el caldo de cultivo ideal para que Uber, con su promesa de tarifas bajas, obtuviera un apoyo masivo de la población local. Fue casi un desquite, una revancha contra las avivadas, lo que además ejerció una presión social sobre los gobiernos, empujándolos a flexibilizar las regulaciones en favor de Uber.
De ese modo, la competitividad de Uber fue ganándose la confianza de los usuarios gracias a la diferencia de precios.
En Salta, el debate sobre la legalidad o ilegalidad de Uber prácticamente no existió, ya que el nuevo intendente facilitó su ingreso desde el inicio.
Uber fue la punta de lanza de las aplicaciones en Argentina. En menos de una década, otras multinacionales tecnológicas (Rappi, Pídalo, Didi, Cabify) penetraron rápidamente el mercado porteño, al punto de emplear hoy a un porcentaje significativo de la “mano de obra ocupada del país”.
Si repasamos la historia nacional, veremos que la resistencia de los pueblos a los invasores siempre estuvo presente: desde los malones contra los conquistadores, las invasiones inglesas, hasta la lucha de Malvinas en 1982, incluso bajo una dictadura.
En una sociedad como la argentina, con su tradición de lucha por la libertad y la dignidad, con su cultura de derechos adquiridos, su ejemplaridad mundial en la sanción a los genocidas, las actuales manifestaciones por la educación pública, gratuita y de calidad, y las marchas semanales de jubilados reclamando lo suyo, no sería extraño que en cualquier momento surja una reacción popular contra tanto atropello a los derechos laborales, a la historia y cultura de quienes simplemente quieren trabajar y vivir dignamente.
A veces, lo que parece lejano está a la vuelta de la esquina. Solo es cuestión de estar bien despiertos y atentos. Siempre que llovió, paró.






