Por Roberto Chuchuy

El paro de la CGT fue más una respuesta al clamor de la calle que una iniciativa propia de los dirigentes sindicales. Todos los miércoles veíamos escenas de jubilados apaleados, y menos mal que un día la CGT despertó y, metafóricamente, dijo: «Me parece que hay que ir a acompañar a estos pobres viejos, cuyo reclamo tiene sobrada razón para que los acompañemos.»
Creo que la postura de la CGT tiene que ver más con la presión de la gente común que con una decisión propia de la central obrera. Respondieron a esa presión social acumulada, y el impacto político fue inmediato.

Cuando la CGT acompaña, pasa lo que pasa: el llamado de atención es para Milei y la clase dominante. Patricia Bullrich se repliega, no puede reprimir como quiere, porque la presión es más fuerte de lo que imaginamos. La medida de la CGT siempre tiene un valor político y social, y repercute donde más le duele y molesta al gobierno de Milei.

Hay que valorar la medida, pero no podemos conformarnos con una conducción sindical. Esta acción se suma también a las organizaciones sociales y a los partidos políticos progresistas. El destino de los trabajadores no está atado solo a las conducciones de la CGT, sino a un proyecto de país.
¿Qué país queremos? ¿Qué vamos a hacer en poco tiempo? Todo vendrá con carácter de importado, y veremos caer la mano de obra de los trabajadores textiles, de los alimentos y de otros rubros. En vez de los 200.000 trabajadores no registrados que tenemos hoy, muy pronto llegaremos al millón.

Estamos en un país a la deriva y sin rumbo claro. Los acuerdos sectoriales pierden sentido en medio de este contexto. Quiero recordar el rol histórico del movimiento obrero en momentos clave de nuestra historia, y lamento que hoy esa falta de representación de la CGT no se achique ante la oligarquía de esta Argentina.

Faltan líderes como Agustín Tosco, Ongaro, Julio Guillán, Ubaldini, o como Olivio Ríos, del gremio telefónico de Salta. Los dirigentes sindicales y los legisladores débiles de postura abren la puerta a la fragmentación del movimiento sindical y social, y así se pierde la fuerza de futuras acciones colectivas.
No hay excusas para gobernadores como Jaldo, Jalil o el de Salta, que mandan a sus legisladores a votar a favor de Milei o que no se plantan firmemente en un contexto como este. Como dice el refrán: «A los tibios los mea Dios.»

Recordemos también que muchos de los que votaron a Milei hoy están arrepentidos y comienzan a decepcionarse. Pero ojo: eso no significa que vayan a apoyar al justicialismo, porque el peronismo está torcido y desordenado, como bien dice Cristina. Hace falta alguien que asuma la representación desde un verdadero proyecto nacional y popular, y no desde la mezquindad.

Por lo menos, así lo veo yo.

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