La inflación no es solo un número: es la realidad diaria de millones de vecinos. Mientras las cifras oficiales hablan de porcentajes, la gente mira cuánto cuesta llenar la heladera, pagar el alquiler o afrontar una boleta de luz que no deja de aumentar.

Aunque el índice oficial asegura incluir servicios públicos, transporte y alquileres, muchos ciudadanos sienten que esos gastos —los que más golpean el bolsillo— tienen poco peso en la medición real. Para una familia trabajadora, el problema no es el promedio estadístico, sino que el sueldo alcanza cada vez menos.

La luz, el gas, el agua y el transporte aumentaron muy por encima de los salarios. Los alquileres consumen gran parte de los ingresos y los alimentos cambian de precio todas las semanas. Sin embargo, cuando se anuncian los datos de inflación, gran parte de la sociedad siente que no reflejan lo que realmente se vive en la calle.

El descreimiento nace ahí: en la distancia entre la estadística y la experiencia cotidiana. Porque una cosa es la inflación promedio y otra muy distinta es la inflación que sufren quienes deben elegir entre pagar los servicios, viajar o comer mejor.

Cuando el bolsillo se achica todos los meses, los vecinos dejan de creer en los números y empiezan a creer solamente en lo que ven en el supermercado, en las facturas y en el alquiler.

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