La narrativa de Javier Milei intenta volver al tono de campaña: recuperar aquella épica de la “motosierra”, del enemigo permanente y de la provocación como método político. Pero ese discurso empieza a mostrar desgaste. Después de meses de ajuste brutal, deterioro social y confrontación constante, la retórica oficial ya no impacta como antes: cansa.

La motosierra, presentada como símbolo de orden y libertad, terminó revelando un costado mucho más oscuro. Fue utilizada no solo para justificar recortes salvajes sobre jubilados, trabajadores, universidades y sectores vulnerables, sino también como herramienta de disciplinamiento político y mediático. La agresión permanente contra periodistas, opositores y cualquier voz crítica se volvió parte del paisaje cotidiano. Y cuando la violencia verbal se vuelve rutina, pierde eficacia: deja de ordenar políticamente y empieza a erosionar al propio poder.
El Gobierno insiste en identificar adversarios para convertirlos en enemigos absolutos. Toda crítica es presentada como conspiración; toda tensión cambiaria o política es denunciada como intento de “golpe de Estado”. Pero esa narrativa empieza a sonar exagerada, antigua y poco creíble, incluso para sectores que inicialmente acompañaron al oficialismo.
Porque, más allá del relato, la realidad avanza.
Javier Milei logró instalar una idea que buena parte de la sociedad compartía: que Argentina no podía seguir igual, que el déficit fiscal importaba y que el Estado necesitaba reordenarse. El país demandaba cambios profundos. Sin embargo, una cosa era diagnosticar el agotamiento del modelo y otra muy distinta era gobernar.
El resultado del ajuste terminó beneficiando principalmente a los sectores más concentrados de la economía. Bajaron retenciones, impuestos y cargas para grandes corporaciones y grupos exportadores, mientras miles de pequeños comercios, industrias y empresas cerraban sus puertas. Decenas de miles de trabajadores quedaron en la calle y el consumo interno se desplomó. La economía puede exhibir algunos indicadores macroeconómicos favorables, pero la microeconomía sigue ausente en la mesa de la clase media y de los sectores populares.
Los verdaderos indicadores del fracaso de la motosierra están en otro lado: en el supermercado, en la farmacia, en el alquiler imposible, en el empleo que no aparece, en la inseguridad cotidiana y en la incertidumbre de llegar a fin de mes. Ahí se juega la legitimidad social de cualquier gobierno. Ahí se define una elección.

A esto se suma un endeudamiento creciente y una dependencia cada vez mayor del crédito externo para sostener el pago de la propia deuda. El ajuste no resolvió los problemas estructurales: apenas los postergó mientras profundizaba la desigualdad social.
Y sobre ese deterioro económico comenzó a montarse otro fenómeno igual de corrosivo: la sospecha permanente de corrupción. Desde el escándalo de las criptomonedas que rodeó al oficialismo a pocos días de iniciado el mandato hasta los múltiples negociados denunciados en distintas áreas del Estado, la idea de “casta” empezó a perder consistencia frente a prácticas que recuerdan demasiado a aquello que el propio Gobierno prometía combatir.
En paralelo, parte del ecosistema mediático alineado con el oficialismo intenta minimizar o relativizar cada escándalo. Operaciones defensivas, silencios selectivos y maniobras discursivas buscan sostener una épica anticasta que choca cada vez más con la percepción cotidiana de la sociedad.
En las provincias, además, La Libertad Avanza mostró muchas veces una estructura precaria: armados improvisados, dirigentes oportunistas, obsecuentes de ocasión y personajes extravagantes surgidos de nuestras propias “tierras raras”. La fuerza que se presentaba como renovación terminó exhibiendo, en numerosos distritos, una alarmante fragilidad política y dirigencial.
Mientras tanto, el peronismo comienza lentamente a capitalizar el desencanto. Aun atravesado por divisiones internas y sin una renovación clara de liderazgo, la figura de Cristina Fernández de Kirchner sigue ocupando el centro de la oposición política y simbólica. Las multitudinarias movilizaciones universitarias, el malestar social creciente y el deterioro económico empiezan a colocar al oficialismo frente a un escenario mucho más incierto que el de sus primeros meses.
Informes privados ya registran una caída sostenida del humor social y un empeoramiento de la percepción económica. El Gobierno todavía conserva apoyo en sectores que priorizan el orden fiscal o rechazan al viejo sistema político, pero la paciencia social tiene límites concretos: el bolsillo, el trabajo y las expectativas de futuro.
Al mismo tiempo, reaparecen figuras que parecían relegadas. Mauricio Macri vuelve a mostrarse activo en medio de crecientes tensiones con el Gobierno y comienza a recorrer el país con una agenda política propia. Incluso reaparecen dirigentes históricos del radicalismo, como Ernesto Sanz, atentos a un escenario en el que el oficialismo ya no luce tan sólido como hace apenas algunos meses.
La gran pregunta es cuánto tiempo puede sostenerse un gobierno apoyado casi exclusivamente en el shock discursivo, el ajuste permanente y la confrontación constante. Porque, cuando la épica se desgasta y la realidad social empeora, ya no alcanza con gritar más fuerte.





