Javier Milei ya había dicho que, antes de morirse de hambre, “a la gente se le va a ocurrir algo”.
Depende. Mirá Gaza. ¿Qué puede “ocurrírsele” a un niño famélico antes de morir? Tal vez grabar un video llorando, pidiendo ayuda, rabioso más que hambriento. Eso hicieron muchos hace un mes. Después, silencio. Porque la muerte no tiene voz.
En Argentina, ya hay quienes han muerto de frío, de bala, por falta de remedios. Si mueren, te entierran y listo. El presidente lo sabe, pero no lo registra. No entiende que “no llegar a fin de mes” no es una metáfora de cadáveres rodando por las calles, pero sí es el paso previo.
Lo social le queda fuera del campo visual. Solo mira a sus objetos de apego: banqueros, corporaciones, figuras que lo alinean para seguir exprimiendo el país. Se jacta de la crueldad como si fuera una virtud.
Su mente —la misma que imaginó al Estado como un “pedófilo en un jardín de infantes con los niños encadenados”— interpreta la política como un escenario gótico donde los muertos ajenos ruedan lejos de sus pies. Ni ve el daño ni lo admite. Neurológicamente, parece imposible.
Su gestión no compite: depreda. Desde despedir cocineros de hospitales hasta regalar recursos estratégicos a Trump o Netanyahu, como si la tierra argentina fuera un souvenir.
Y siempre, los niños en la mira. Porque la avanzada de ultraderecha global también es reacción: testosterona contra feminismos, supremacismo masculino contra diversidad. El placer se restringe, se jerarquiza: arriba o entre machos alfa.
No piensan en términos de clase: piensan en control de cuerpos. Niegan género, lo rebautizan “sexo”, reescriben derechos como si fueran errores. Y, sobre todo, vacían las palabras. “Libertad”, “casta”, “decencia” ya no significan nada. O, mejor dicho, significan lo que a ellos les convenga. No hay diálogo posible, solo monólogo. Quien no cree, sobra. Quien contradice, molesta.
Hoy, demasiada gente tolera demasiado sufrimiento. No es ajuste: es goce sádico de la humillación ajena. Mientras, la muchedumbre amaestrada ve al diablo en la política y a dios en los multimillonarios. Una operación psicológica que huele a azufre y que no nació ayer.
Esta época quedará en la historia, si es que hay historia, por algo espantoso: abandonamos a las crías. No nos pusimos delante cuando fueron por ellas. Entregamos el instinto vital por apatía.
Hoy vi por TV una elefanta parir: un solo pujo, un elefantito envuelto en placenta, y la madre limpiándolo mientras la manada celebraba ruidosamente. Admiré su instinto, su lealtad de especie. Ellos, los más grandes mamíferos sobre la tierra, se comportan como nuestros parientes más nobles.
Nosotros, en cambio, nos dejamos gobernar por mugres que no saben cuidar ni a sus propias crías.






