Cuando un presidente señala a periodistas con nombre y apellido y después habla de quemarlos en la hoguera, la democracia tiene motivos para encender todas sus alarmas.
Javier Milei volvió a demostrar que no tolera al periodismo que lo cuestiona. Tras el fallo judicial que lo sobreseyó en la causa $LIBRA, apuntó contra Hugo Alconada Mon, Carlos Pagni, Paulino Rodrigues, Natalia Volosin y Luis Novaresio. Los acusó de ser “ensobrados” y “corruptos” y, acto seguido, lanzó su brutal advertencia: “Los que se tienen que quemar en la hoguera son los hijos de puta”.
¿En qué democracia un presidente puede convertir a periodistas identificados públicamente en blancos de semejante discurso sin provocar una profunda preocupación institucional?
No estamos ante una discusión de café ni ante una pelea entre particulares. Estamos ante el jefe del Estado, que dispone de una enorme capacidad para amplificar sus palabras y tiene la obligación de respetar el pluralismo democrático.
Milei no tiene que amar al periodismo. Tiene que respetar su libertad. Si considera que un periodista mintió, que presente pruebas, que responda con argumentos y que recurra a la Justicia cuando corresponda. Lo que no puede hacer es reemplazar la discusión por el insulto, la descalificación y una retórica de hoguera que evoca los peores métodos de persecución contra quienes piensan diferente.
Los periodistas no son delincuentes por investigar al presidente. No son enemigos de la patria por publicar información incómoda. Y no tienen que pedir permiso al Gobierno para preguntar.
El fallo judicial puede favorecer a Milei, pero no le concede autoridad para decidir quién merece hablar y quién debe ser silenciado. Una sentencia no convierte al periodismo crítico en una organización golpista ni transforma las preguntas en delitos.
La gravedad también está en el mensaje que reciben millones de argentinos: si el presidente insulta y estigmatiza a quienes lo investigan, ¿qué protección tienen los periodistas que trabajan lejos de los grandes medios, en las provincias y en las localidades donde el poder político y económico concentra su influencia?
La libertad de prensa no se defiende solamente cuando atacan a los periodistas famosos. Se defiende siempre, incluso cuando sus preguntas incomodan a quienes gobiernan.
Una democracia no se construye con hogueras, amenazas ni obediencia. Se construye con derechos, instituciones y libertad para decir lo que el poder no quiere escuchar.
Milei debe entenderlo: la Presidencia no es un permiso para intimidar. Y el periodismo no nació para aplaudirlo.
Roberto Chuchuy






