Cómo el algoritmo de Netanyahu podría meterse en las urnas de 2027

La alianza entre Javier Milei y Benjamín Netanyahu profundiza la denominada «cooperación tecnológica» con Israel. Bajo la promesa de modernizar el sistema electoral y fortalecer la ciberseguridad, surge una pregunta inquietante: ¿podría una potencia extranjera terminar controlando el recuento de votos en las elecciones de 2027?

El fraude electoral del siglo XXI ya no consiste en robar boletas en una escuela. Hoy, la manipulación puede producirse en los servidores, mediante algoritmos y sistemas informáticos cuya operatoria resulta inaccesible para la mayoría de los ciudadanos. Muchas de las empresas que actualmente ofrecen soluciones tecnológicas a los Estados no nacieron desarrollando aplicaciones comerciales, sino que tienen su origen en el complejo de inteligencia y seguridad militar israelí.

El negocio del escrutinio electrónico plantea un problema central: nadie puede auditar aquello a lo que no tiene acceso. Si en 2027 existiera una carga de datos sospechosa o alguna irregularidad en el procesamiento de los resultados, ningún fiscal informático argentino podría revisar el código fuente si este permanece protegido por licencias privadas y el denominado «secreto comercial».

El debate, entonces, no debería centrarse únicamente en la incorporación de nuevas tecnologías, sino en quién controla esas herramientas y bajo qué mecanismos de transparencia. Porque cuando el Estado pierde el control sobre el software que contabiliza los votos, la confianza pública puede verse afectada.

La discusión no es sobre la tecnología en sí misma. La verdadera cuestión es si la Argentina está dispuesta a delegar parte de su soberanía electoral en sistemas cuyo funcionamiento no puede ser auditado plenamente por sus propias instituciones.

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