El carnaval se celebraba en el Imperio Romano y la Antigua Grecia como una festividad en honor a sus dioses. Con el tiempo, esta celebración se unió a la cuaresma católica, que comienza el Miércoles de Ceniza, inmediatamente después del carnaval, y dura 40 días hasta el Domingo de Pascua, tiempo de la Resurrección de Cristo. Sin embargo, a lo largo de la historia, las prácticas han cambiado: hoy en día, pocos mantienen el ayuno y casi nadie cree en las penitencias.

En Estados Unidos, el carnaval se festeja únicamente en Nueva Orleans, una ciudad con herencia francesa y católica.

Algunas fuentes aseguran que el origen del carnaval, tal como lo conocemos hoy, se remonta a más de 5.000 años. Algunos lo sitúan en el Imperio Romano, ya que está relacionado con festividades en honor al dios Saturno. Otros afirman que su origen está en Grecia, donde se realizaban celebraciones similares en honor a Dionisio.

En aquellas antiguas festividades, las personas organizaban banquetes, bailes y se vestían con ropas de colores vivos y máscaras que representaban a los dioses. Con estos rituales, se buscaba provocar a Saturno para que regresara a su lugar de origen y, al mismo tiempo, se celebraba la abundancia de los frutos que la tierra daría. Durante estos días, se dejaban de lado las obligaciones y las jerarquías. Curiosamente, en la mitología griega también aparece la figura de Momo, un dios menor que promovía la burla y el sarcasmo.

Con la llegada del cristianismo al Imperio Romano, muchas de estas festividades fueron adaptadas y resignificadas dentro del calendario litúrgico. La cuaresma, en sus inicios, imponía estrictas normas de abstinencia: no se podía consumir carne, huevos ni productos lácteos, y las relaciones sexuales, incluso dentro del matrimonio, estaban prohibidas. Los martes y viernes, el ayuno era absoluto. Además, no se permitían festejos, ni religiosos ni privados, y tampoco se oficiaban casamientos ni bautismos.

Con el tiempo, las restricciones dieron lugar a excesos y desenfrenos. En la Edad Media, la Iglesia comenzó a prohibir los festejos populares, permitiendo únicamente celebraciones privadas. Así, el carnaval comenzó a ser representado por compañías de actores enmascarados que actuaban en las cortes de la nobleza.

Las máscaras simbolizaban los vicios y las virtudes humanas. Con la restauración del carnaval, los disfraces saltaron del escenario a las calles y permitieron que las clases sociales se mezclaran durante la celebración. Italia se convirtió en la cuna del disfraz en el carnaval, destacándose especialmente el de Venecia, donde aún hoy conserva gran importancia.

Sin embargo, hay una diferencia entre simplemente disfrazarse y el arte de hacerlo. Aquí es donde entra en juego el sentido mágico del carnaval: la disimulación, el engaño, la burla y la posibilidad de ser otro, o quizás, de revelar el verdadero ser de cada uno.

En la actualidad, el carnaval argentino también mantiene su esencia satírica: las máscaras de este año seguramente se utilizarán para burlarse del presidente y de otros políticos. Gracias al anonimato y al aire de misterio que rodea a quienes se ocultan tras ellas, miles de personas encuentran en el carnaval una válvula de escape para sus deseos más ocultos.

Entrada Relacionadas