En mayo de 2012, un grupo de periodistas conformado, entre otros, por Joaquín Morales Solá, Nelson Castro, Fernando Bravo, Marcelo Longobardi, Ricardo Kirschbaum, Eduardo Zunino, María Laura Santillán, Pablo Sirvén, Alfredo Leuco y Magdalena Ruiz Guiñazú, proclamaba:

«Formamos un grupo de periodistas que queremos preguntar, hacer nuestro trabajo, y cuando preguntamos, preguntamos por todos. Cuando no nos responden, es un problema de todos”, afirmó Jorge Lanata antes de declamar, con entonación dramática: “¡Queremos preguntar!”.

Ese mismo grupo exigía “conferencias de prensa con preguntas”, “libre acceso a la información” y “no al escrache de periodistas no oficialistas”. Según ellos, la mayor afrenta a la libertad de prensa—que nos colocaba al borde de una dictadura—era la ausencia de conferencias de prensa por parte de Cristina Fernández de Kirchner (CFK).

Hoy, volver a imaginar a aquellos aguerridos profesionales, algunos con carreras relevantes, obligados a entonar nuevamente el “¡Queremos preguntar!”, genera una inevitable sensación de vergüenza ajena.

CFK ganó las elecciones de 2011 en primera vuelta, con casi cuarenta puntos de ventaja sobre Hermes Binner, el segundo y hoy olvidado candidato. Como sintetizó Jorge Asís en El kirchnerismo póstumo, “Está Cristina y el resto es paisaje”, un ensayo sobre el final imaginario de esa obstinación política.

Un año después, en 2013, dos miembros de aquel combativo coro, Magdalena Ruiz Guiñazú y Joaquín Morales Solá, denunciaron al gobierno de CFK ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) por “cercenar” la libertad de expresión y “demonizar” su actividad, además de buscar “eliminar el periodismo”. Viajaron a Washington en representación de un grupo de periodistas que incluía a Nelson Castro, Luis Majul, Alfredo Leuco, Mariano Obarrio y Pepe Eliaschev.

Curiosamente, Morales Solá reconoció que la despenalización del delito de calumnias e injurias, llevada a cabo por el kirchnerismo, representaba un paso significativo en la defensa de la libertad de expresión. Sin embargo, sostuvo que “el gobierno está reemplazando la condena penal por la condena pública, y no sé qué es peor”.

Ruiz Guiñazú y Morales Solá también defendieron la investigación judicial contra Clarín y La Nación por la presunta apropiación de Papel Prensa durante la última dictadura militar. En ese contexto, el escritor Marcos Aguinis llegó a sentenciar que la entonces presidenta era comparable a Adolf Hitler, o incluso peor.

Un periodismo en decadencia

La victoria de Mauricio Macri en 2015 cumplió las expectativas de Paolo Rocca y Cristiano Rattazzi: los sueldos se desplomaron. Una curva descendente que el gobierno del Frente de Todos no pudo revertir y que, en parte, explica el triunfo de La Libertad Avanza en 2023. Sin embargo, la gestión de Javier Milei ha profundizado la misma política de pérdida de poder adquisitivo de los ingresos fijos.

Desde su asunción, el inefable Javier Milei, titular del Cripto-Libra Gate, se ha dedicado a denigrar al periodismo en su conjunto, rescatando apenas a unos pocos entusiastas. Acusa a los periodistas de estar “ensobrados” y evita cualquier confrontación en conferencias de prensa, reemplazándolas por entrevistas amables en las que no queda claro quién interroga a quién. Un caso paradigmático fue el de Jonatan Viale, quien quedó expuesto cuando el asesor presidencial, Santiago Caputo, le dictaba en vivo qué preguntar.

El recorte de la pauta oficial, presentado como una medida de transparencia, ha terminado por penalizar a los medios con menos recursos propios, mientras el gobierno continúa alimentando a los grandes grupos mediáticos mediante mecanismos opacos

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