«Marcha ahorrista» de la (ex) clase media

Hasta hace apenas tres décadas, todavía existían los colchones de lana. No solo en los sectores empobrecidos, sino también en la clase media baja. El colchón de lana no era símbolo de ahorro, sino solo un lugar para dormitar, como si se descansara en un corral de ovejas. Y la almohada, en aquellos tiempos, ocupaba un lugar simbólico importante: «Consultalo con la almohada», se decía, cuando alguien debía tomarse su tiempo para decidir.

No era necesariamente un tiempo mejor, ni peor. Tal vez se vivía con más ingenuidad. O tal vez quienes mentían sabían hacerlo mejor. O, quizás, les importaba que no se notara que estaban mintiendo… como sí parece suceder ahora.

Lo que sí es seguro es que, en aquellos colchones, dólares no había. A lo sumo, unos pocos pesos escondidos, resguardados ante la posibilidad de una crisis, porque no se confiaba demasiado en los bancos.

Desde 1969 hasta hoy, entre Onganía, Juan Carlos, y Menem —Carlos Saúl—, la moneda nacional perdió trece ceros a la derecha: dos en 1969, cuatro en 1983, tres más en 1985, y los últimos cuatro entre 1991 y 1992. El «peso moneda nacional» pasó a ser «peso Ley 18.188», luego «peso argentino», más tarde «Austral» y, finalmente, «peso convertible». Aunque la convertibilidad fue luego negada. Hoy simplemente es «peso», a secas.

Ahora, el actual presidente Javier Milei —autopercibido libertario, electo con tono autoritario—, cansado de tantos ceros, parecería dispuesto a quitarle incluso el «uno» a la moneda, para que, acorde a estos tiempos, se autoperciba dólar y listo.

Ese banco colchonizado —el mismo que, hace 24 años, en el 2001, fue asaltado por sus propios ahorristas en busca de sus dólares, en lo que se llamó «el corralito»—, hoy resurge: ahora la gente no va por el banco, sino por su colchón. Que, al menos, es suyo.

Mantienen el dólar bajo para pagarle menos cuando uno lo vende, y lo suben sin dudar cuando uno quiere comprarlo. O cuando compra tomates, sardinas, prepagas, boletos de colectivo, o incluso agua “finamente dolarizada”.

El concepto de “dólar-colchón”, según cierta metáfora, remite a un «lugar donde tirarse a descansar». No necesariamente de forma literal, como en la cama, sino como una reserva, un salvavidas, para cuando el agua llega al cuello. Una suma de dinero que permite seguir comiendo churrasco cuando el sueldo —ese concepto en extinción— ya no alcanza.

Dicen que «el Tuto Capoto viene por tu churrasco», sin darse cuenta de que uno ya se lo comió. Y cuando se entera… se come a la persona.

No sería extraño que, “una noche cualquiera”, se vea a alguien con un colchón al hombro, buscando dónde dormir, en alguna vereda. Y que un joven le grite:
—¡Yo lo voté! ¡Yo lo voté, le creo y hago todo lo que me dice que tengo que hacer!

—Es tu culpa por ser «casta» —podría replicar ese joven—. Y se congratula de que el Estado no haga nada por él.

Pero incluso esa lealtad tiene un límite: ya no se puede «ser parte», porque por más que uno busque y rebusque… ya no hay un solo dólar en el colchón.

Un periodista confesó:
—Esto, de verdad, me angustia. Pero no me atrevo a llamar al licenciado Milei… ¡porque tengo miedo de que haya destrozado su diván buscando dólares!

Finalmente, recomienda acompañar esta columna con el video “Ande con cuidado”, producido hace unos años… o tal vez unos meses, días, horas, ¿minutos?

Fuente: Pag12

Entrada Relacionadas