
Para el gobierno de los hermanos Milei, lo que realmente avanza no es “la libertad” hacia un camino de realizaciones, sino un intento por transformar de manera radical a la sociedad argentina, tanto en sus estructuras económicas y sociales como en las costumbres, mentalidades e ideas imperantes. Esta transformación se caracteriza por un ataque frontal a todos los aspectos de la vida nacional, incluidas las empresas de propiedad local. Además, se lleva adelante una tarea de demolición de un Estado que debería ser capaz de defender la producción nacional y promover a los sectores más productivos, sosteniendo un mercado interno en el que puedan sobrevivir y expandirse.
Javier Milei actúa como un representante de intereses extranjeros en nuestro país, a los cuales pretende asociar a una parte selecta del empresariado local. Por ello, no tiene reparos en defender a corporaciones globales frente a actores locales.
De allí se explica su confrontación con el Grupo Clarín por la compra o no de Telecom. Doctrinariamente, Milei sostiene que los monopolios están bien, que favorecen el progreso y que son positivos para la sociedad. Sin embargo, ni uno ni otro (ni Clarín ni Milei) son verdaderos portadores de progreso, ya que ambos promueven la concentración económica, lo cual atenta contra el pluralismo y la posibilidad de construir una sociedad democrática.
Para la inmensa mayoría del país, somos rehenes económicos y comunicacionales de estos actores. Tomar partido por alguno de los dos grupos en pugna no parece ser la salida adecuada.
Con el gobierno de Carlos Menem, volvemos a encontrarnos con el tipo de conflicto entre un capital local irresponsable y saqueador de su propia población —a la que considera una mera base de explotación— y los intereses globales, que buscan incorporar una nueva fuente de renta a su entramado internacional de negocios.
En Ghana —país africano donde se aplica el modelo extractivista de minerales que tanto entusiasma a Milei y a la dirigencia oficialista argentina—, el 98,3 % de la explotación del oro (el principal recurso exportable del país) está en manos de un puñado de empresas, principalmente de Estados Unidos y Canadá.
A pesar de ser el mayor exportador de oro del mundo, con ventas al exterior por 9.500 millones de dólares anuales, al país sólo le queda el 1,7 % de la riqueza extraída de su propio suelo por sus trabajadores.





