La política no olvida. Y cuando hay cuentas pendientes, tarde o temprano se saldan. Eso es lo que ocurrió con la respuesta de Cristina Fernández de Kirchner, quien, en plena declaración por la causa Cuadernos, no solo se defendió: también contraatacó.

El destinatario implícito fue el gobernador de Salta, Gustavo Sáenz, quien tiempo atrás había respaldado el discurso del “fin de ciclo” y las acusaciones de corrupción contra el kirchnerismo. Esta vez, la exmandataria eligió otro terreno: el de la memoria selectiva.
Al reconstruir una escena de 2019 en Pinamar, Cristina puso en el centro a Carlos Stornelli, Marcelo D’Alessio y Pedro Etchebest, pero dejó flotando una figura sin nombrar: un “Gustavo” vinculado, según chats de la causa, a la recaudación política en plena campaña. No hizo falta más. En Salta, el mensaje se entendió de inmediato.

La réplica no fue aislada. Dirigentes como Mayra Mendoza y Rodolfo Tailhade amplificaron la insinuación, transformando lo que podría haber sido una línea de defensa judicial en un hecho político de alto voltaje.
No se trata solo de una causa. Lo que está en juego es la disputa por el relato dentro del peronismo. Sáenz, que supo tomar distancia del armado nacional, quedó ahora en el centro de una escena incómoda: la de quien cuestionó, pero también podría verse alcanzado por las mismas sombras que denunció.
Cristina no lo nombró. No lo necesitó. En política, a veces, el silencio dice más que cualquier acusación directa. Y esta vez, sonó a devolución.





