Fortunato Galtieri cerraba un ciclo de siete años de gobierno del denominado «partido militar», que había usurpado el poder mediante un golpe cívico, militar y eclesiástico.
Este partido tomó el control del país tras el derrocamiento y encarcelamiento de María Estela Martínez de Perón, quien había dejado una deuda de 7.000 millones de dólares con el Fondo Monetario Internacional. Galtieri, por su parte, dejó una deuda de 46.000 millones de dólares, incluyendo los 700 millones que costó la organización del Mundial ’78, todo ello en medio de fuertes sospechas de corrupción.
La declaración de guerra para recuperar las Islas Malvinas fue la última apuesta del gobierno militar, consciente de que la decisión despertaría un profundo sentimiento patriótico en la población. Miles de personas se congregaron en plazas de todo el país, aplaudiendo a Galtieri y expresando fervorosamente el nacionalismo alentado por la dictadura. Fortunato Galtieri pronunciaba arengas al estilo de Mussolini, mientras que las Madres de Plaza de Mayo mantenían inalterable su ronda de los miércoles, reclamando por la aparición con vida de sus hijos desaparecidos.
Los millones de aplausos que llenaron las plazas, en poco tiempo se transformaron en lágrimas por la muerte de cientos de jóvenes soldados argentinos. Mal equipados y mal alimentados, muchos de ellos, al regresar del conflicto, debieron permanecer hasta 25 días en recuperación por la anemia severa que sufrieron durante los dos meses de la guerra.
La convocatoria a elecciones democráticas sorprendió a la derecha, que no anticipaba la candidatura de Raúl Alfonsín. Sin embargo, el radicalismo, con Alfonsín a la cabeza, derrotó al justicialista Ítalo Luder en las elecciones del 30 de octubre de 1983.
Este fue un verdadero estudio de alta política: entregar el gobierno lo antes posible. Los sectores conservadores, refugiados en el partido militar, estaban acorralados por la corrupción, la represión, las torturas, y la desaparición de dirigentes y militantes de izquierda, incluidos sindicalistas.
Las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo se convirtieron en el símbolo más importante de los reclamos por la aparición con vida de los desaparecidos. El Mundial de 1978 fue el detonante que visibilizó ante el mundo la represión del régimen militar. La inauguración de ese evento deportivo contó con la presencia de la cúpula militar y, en representación de la Iglesia Católica, estuvieron el delegado papal Pío Laghi y el arzobispo de Buenos Aires, monseñor Juan Carlos Aramburu.
Las elecciones de 1983
Para los argentinos que vivieron ese momento, el domingo 30 de octubre de 1983 fue un día inolvidable. En una jornada histórica, 18 millones de personas acudieron a las urnas en elecciones abiertas, tras siete años de dictadura militar. Más allá de los resultados —la victoria de Raúl Alfonsín sobre Ítalo Luder—, el país entero celebró el regreso de la democracia como una auténtica fiesta popular.
No obstante, es importante recordar que las Madres de Plaza de Mayo ya venían trabajando incansablemente, sosteniendo sus rondas semanales en la plaza, mientras en las plazas del país muchos aplaudían al general Galtieri, creyendo en la causa nacionalista y patriótica de la recuperación de las Malvinas. Pero aquella euforia inicial se transformó en dolor por la tragedia de la guerra: deudas millonarias, cientos de muertos y la caída estrepitosa de la estrategia militar.
Las plazas que en su momento estuvieron repletas de aplausos, terminaron siendo testigos del silencio y la tristeza por la pérdida de más de 600 jóvenes soldados, víctimas de una guerra que marcó a fuego la historia argentina.
Y ahora, el tiempo actual —con sus propios desafíos— nos sigue recordando aquellos años con sus heridas aún abiertas.





