Dos años después de la llegada de Javier Milei a la Casa Rosada, el balance es contundente y difícil de maquillar: circo total, pan racionado. El Gobierno eligió el espectáculo permanente como forma de gestión, mientras la economía real se deteriora y la vida cotidiana de millones de argentinos se vuelve cada vez más precaria.

Shows políticos en estadios como el Movistar Arena, discursos cargados de gritos en el Congreso y una estrategia de marketing libertario diseñada para redes sociales reemplazaron al debate serio sobre desarrollo, producción y empleo. La política convertida en show, la gestión reducida a slogans.
Detrás de esa puesta en escena, la realidad económica ofrece un panorama alarmante. El consumo interno se encuentra virtualmente paralizado, con comercios que cierran o sobreviven a duras penas. El empleo formal cae, la informalidad crece y la recesión se consolida como un estado permanente, no como una etapa transitoria del ajuste prometido.
El Gobierno exhibe el “orden” fiscal como trofeo, pero ese orden convive con un ajuste feroz sobre jubilados, trabajadores y sectores vulnerables. El superávit que se celebra en conferencias de prensa se construye a costa de licuar ingresos, recortar derechos y desmantelar políticas públicas esenciales. Es superávit para la foto, ajuste para la gente.
A la par del ajuste, emergen y se acumulan escándalos que desnudan la distancia entre el discurso moralista y la práctica del poder. Coimas en el área de Discapacidad, la estafa vinculada a la criptomoneda $Libra, el nepotismo VIP y la utilización de recursos públicos para blindajes mediáticos pagos ponen en evidencia que la promesa de “terminar con la casta” fue, en el mejor de los casos, una consigna vacía.
Lejos de combatir los privilegios, el oficialismo parece haberlos reciclado. Cambiaron los nombres, no las prácticas. La corrupción no desapareció: se reconfiguró bajo nuevas formas, amparada en la falta de controles, la desregulación extrema y una narrativa que estigmatiza cualquier crítica como “ataque al cambio”.
Mientras tanto, el costo social del experimento libertario se multiplica. La desigualdad se profundiza, la pobreza se consolida y la expectativa de una mejora futura se diluye frente a la incertidumbre diaria. El ajuste no ordena la economía productiva: la paraliza.
Dos años después, el balance deja una conclusión inquietante. El experimento libertario, presentado como una revolución moral y económica, se parece cada vez más a una estafa política: mucho ruido, mucho circo y una sociedad que paga el precio de un ajuste sin horizonte.





