Por Roberto Chuchuy

La movilización de los jubilados, la semana pasada, fue sin dudas la más drástica y contundente de las últimas protestas sociales, incluso más fuerte que la marcha estudiantil. Mientras los medios oficialistas intentaron desmerecerla señalando la presencia de cuatro figuras de la barra brava sin relevancia —diríamos de segunda o tercera categoría—, la realidad es que miles de hinchas, simpatizantes de distintos clubes y ciudadanos de a pie salieron a las calles en solidaridad con nuestros jubilados.

Aquí, en Salta, la diputada nacional Emilia Orozco, del partido de Olmedo, no tuvo reparos en calificarlos despectivamente como «viejos pelagatos». La política del gobierno libertario es clara: sacar plata de donde sea. Y el blanco más fácil siempre es la caja de los jubilados y el Fondo de Sustentabilidad. La receta es la misma de siempre: ajuste brutal, represión y desprecio.

Les quitaron los medicamentos. Las farmacias y los laboratorios atraviesan su momento más glorioso de recaudación por los precios desmedidos, mientras los jubilados deben decidir entre comprar remedios o comer. La situación es tristísima. Además, se habla de aumentar la edad jubilatoria; se recortan prácticas médicas desde la ANSES; y conseguir un turno médico para un jubilado puede demorar 15 días, o más.

La atención, además, es de dudosa calidad. A quince meses de gobierno de Milei, el famoso «superávit fiscal» se logra únicamente a costa del destierro salvaje del poder adquisitivo de los jubilados y del deterioro de las condiciones de vida de los trabajadores. La represión social recuerda cada vez más a los peores tiempos de la dictadura militar del ’76, aunque hoy sin uniformes verde oliva. Ahora es la fuerza policial armada hasta los dientes, con un altísimo costo económico y un negocio oscuro detrás del tráfico de armamento. Por eso no sorprende lo que pasa con Patricia Bullrich.

En los años ’70 fue «la piba de los Montoneros», y en los últimos 40 años pasó por todos los gobiernos: fue ministra con De la Rúa, con Menem, con Macri y ahora con Milei. Este último, sin dudar, llegó a insultarla públicamente, llamándola «tirabombas en los jardines de infantes». Hoy, sin embargo, tiene un poder real.

Ese poder son los bancos, los grandes productores agrícolas y el poder económico concentrado. Recordemos también que, durante el gobierno de Macri, se envió armamento de contrabando a Bolivia para reprimir a los seguidores de Evo Morales. Nadie habla de eso, pero es otra muestra de la debilidad institucional tanto del macrismo como del mileísmo.

Este miércoles habrá otra movilización, porque al poder real solo se lo enfrenta con poder popular: con la gente en la calle, con la gente común, los estudiantes, los científicos, las amas de casa, los trabajadores. Sin necesidad de la CGT, como fue el Cordobazo, hoy son familias enteras las que no logran «parar la olla» porque los ingresos se achican cada vez más.

La mayor deuda con el Fondo Monetario Internacional la tomó Mauricio Macri, junto a Caputo. Y quienes lo votaron son los mismos que hoy votaron a Milei. Saquearon el oro nacional y nadie dice nada.

Los recortes siempre caen sobre los trabajadores, los jubilados, la salud, la educación y la seguridad. Son siempre los presupuestos recortados. Mientras tanto, el dólar no se mueve, pero los precios siguen aumentando y el dinero se desvaloriza día a día.

Hay trabajo, sí, pero los salarios son miserables. El gobierno le entrega el país al Fondo Monetario para pedir más dinero, que solo aumentará la deuda. Es un círculo perverso: nuevo préstamo para pagar intereses, y en cuatro años estaremos empobrecidos, con un país rematado al mejor postor.

Hoy no tenemos representantes parlamentarios que nos defiendan. Nos siguen manejando mafiosos. Estamos a la deriva en medio de un gobierno sin escrúpulos, formado por malvados y delincuentes que nos arrastran al hambre y a la pérdida total de derechos y libertades.

Los jubilados y sus nietos quedan a la deriva: sin salud, sin educación, sin seguridad. No hay trabajo digno, y lo poco que hay se paga con monedas.

Por lo menos, así lo pienso yo.

El Cronista de Salta.

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