Las decisiones del Parlamento, es decir, de los representantes elegidos por el voto popular, aparecen para el FMI como un problema que debe ser neutralizado para sostener el programa económico.

Ahí surge un rasgo inquietante para el Fondo Monetario Internacional y los poderes hegemónicos: el Congreso es tratado como un factor perturbador del equilibrio fiscal.

Las leyes votadas democráticamente son descriptas como amenazas potenciales para la sustentabilidad del acuerdo. De ese modo, la división de poderes queda subordinada al cumplimiento de metas financieras.

El Fondo no propone cerrar el Congreso, pero sí deja entrever una concepción según la cual las decisiones parlamentarias solo son aceptables mientras no alteren el sendero pactado con el organismo. La democracia aparece así condicionada por el programa financiero.

El razonamiento resulta casi circular: si las elecciones generan incertidumbre y el Congreso genera gasto, entonces la estabilidad dependería de limitar la capacidad de ambos para modificar el rumbo económico. Como si el programa necesitara una democracia de baja intensidad para funcionar sin sobresaltos.

La Argentina conoce bastante bien esa tensión. Durante los años noventa, la convertibilidad también construyó un esquema en el que la política quedó subordinada a un régimen financiero rígido. Mientras entraban dólares, el mecanismo parecía estable. Pero cuando dejaron de entrar, el problema dejó de ser técnico y pasó a ser social. El sistema terminó chocando contra la realidad material de una economía periférica que no podía sostener indefinidamente ese esquema de valorización financiera.

Antes de las elecciones, pretenden ir por Vaca Muerta

Ahora reaparece una escena similar, aunque con otros instrumentos. El Fondo apuesta a que sectores como Vaca Muerta, la minería, el agro y el RIGI generen una ola de inversiones capaz de compensar la fragilidad externa. El informe menciona proyectos aprobados por 28.000 millones de dólares bajo ese régimen de incentivos.

Sin embargo, el propio staff reconoce simultáneamente que la recuperación es muy desigual. Energía, minería y finanzas avanzan, mientras la construcción y la industria manufacturera quedan rezagadas. Al mismo tiempo, aumentan el desempleo y la informalidad.

La economía crece más por sectores primarios y financieros que por una expansión homogénea del tejido productivo.

Es la vieja estructura desequilibrada argentina reapareciendo bajo nuevas formas: los sectores generadores de divisas avanzan mientras el mercado interno se enfría. El Fondo celebra la apertura y el orden fiscal, aunque al mismo tiempo admite que la sustentabilidad política del programa depende de contener los costos sociales de esa misma transformación.

Entrada Relacionadas