Cada 25 de mayo, las catedrales del país vuelven a llenarse de funcionarios, gobernadores, ministros y séquitos de aduladores que ocupan las primeras filas durante el tradicional Te Deum. Bajo los vitrales y los discursos solemnes se habla de patria, de unidad nacional y de los “valores de Mayo”. Las cámaras enfocan los gestos protocolares mientras los poderosos ensayan, una vez más, la liturgia del poder.
Pero detrás de la ceremonia aparece una pregunta incómoda: ¿qué queda hoy de aquel espíritu revolucionario de 1810?

Porque la Revolución de Mayo no nació para rendir homenaje al poder establecido. Nació, precisamente, para enfrentarlo. Los hombres de Mayo destituyeron a las autoridades españolas porque entendieron que ningún pueblo puede llamarse libre si obedece órdenes dictadas desde afuera.
Aquellos patriotas discutieron el problema central de toda revolución: quién ejerce el poder y en nombre de quién se gobierna. Por eso removieron al virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros y terminaron formando la Primera Junta. No lo hicieron para administrar obedientemente un sistema ajeno, sino para romper con un orden colonial que subordinaba el destino del Río de la Plata a intereses externos.
La paradoja actual resulta brutal.
Mientras se multiplican los discursos oficiales sobre la patria, gran parte de la dirigencia política actúa subordinada a los grandes centros de poder internacional. Cambiaron los nombres y cambiaron los imperios, pero la lógica de dependencia continúa. Ayer era la Corona española; hoy muchos miran hacia Estados Unidos y acomodan sus políticas a los intereses financieros, diplomáticos y económicos de Washington.
Por eso el contraste es tan fuerte.
En 1810 existían dirigentes capaces de desafiar al poder imperial de su tiempo. Hoy abundan administradores del sometimiento que hablan de soberanía mientras aceptan condicionamientos externos como si fueran inevitables. Se llenan la boca con la palabra patria, pero vacían de contenido político la idea misma de independencia.
Y entonces el Te Deum adquiere otro significado.
Ya no parece la conmemoración de una revolución popular, sino una escenografía donde el poder se celebra a sí mismo. Gobernadores, funcionarios y dirigentes escuchan sermones sobre unidad nacional mientras millones de argentinos viven entre salarios destruidos, dependencia económica y pérdida de soberanía. Se invoca a Mayo, pero se teme profundamente al verdadero espíritu de Mayo: el derecho de un pueblo a decidir su propio destino.
Porque si algo enseñaron los días de 1810 es que no hay patria sin autonomía política. No hay revolución posible cuando el poder real se encuentra fuera del país. Y no hay héroes patrios entre quienes administran obedientemente intereses extranjeros mientras utilizan las fechas históricas como decoración institucional.
El 25 de Mayo no fue una fiesta escolar.
Fue una disputa por el poder. Y tal vez la pregunta incómoda siga siendo la misma de hace más de doscientos años: ¿quién gobierna realmente y para quién se gobierna? ¿Qué queda hoy de aquel espíritu revolucionario de 1810?





