La expulsión de Raúl López del Concejo Deliberante de Salta no dejó margen a la indiferencia: fue un sacudón institucional que sensibilizó a una sociedad que ya no tolera la impunidad de sus dirigentes. El fallo no admitía otra resolución. La permanencia de López en su banca era un agravio a la ética pública.
El partido La Libertad Avanza, que pretendió erigirse como paladín de la transparencia, terminó hundido en su propio fango. La venalidad de sus legisladores, envueltos entre sueldos exorbitantes y sospechas de corrupción, dejó a la fuerza política sin argumentos para señalar a otros.
La pérdida de seriedad es total; las acusaciones rebotan contra sus propios muros. El partido de Alfredo Olmedo, siempre aferrado a la retórica de “la nueva política”, sabe que la sangría de votos es irreversible.
El Concejo Deliberante, por unanimidad, resolvió informar al Tribunal Electoral para que designe quién completará el mandato que López deja vacante. Pero la batalla no ha terminado: López fue electo para asumir nuevamente en diciembre, y la nueva composición del cuerpo deberá decidir si le cierra las puertas de forma definitiva.
Varios concejales pidieron al Ministerio Público Fiscal que acelere la investigación penal contra el exedil; la sociedad exige respuestas rápidas y contundentes.
López asistió a la sesión especial dispuesto a dar pelea. Con su clásico tono desafiante, proclamó su inocencia y denunció que el juicio político fue una parodia, carente de debido proceso y derecho a la defensa.
Su alegato, lejos de conmover, desató una ola de respuestas en su contra. «Soy inocente y lo voy a demostrar en la Justicia», clamó antes de abandonar el recinto, envuelto en un aire de derrota.
El primero en responderle fue Gonzalo Nieva, de Juntos por el Cambio, el mismo espacio que López había traicionado al cruzarse al campamento libertario.
La seguidilla de intervenciones fue demoledora: once concejales reafirmaron la legitimidad del proceso y condenaron la violencia de los militantes de LLA, que intentaron coaccionar el desarrollo de la sesión.
Solo una voz disonante surgió en el recinto: la concejala libertaria Laura Jorge Saravia. Pero su intervención fue tan lapidaria como las demás. A pesar de compartir la camiseta partidaria, votó por la expulsión de López. “Dentro de La Libertad Avanza no se apaña a nadie”, dijo, marcando distancia en un intento desesperado de salvar la imagen del espacio. Pero ya era tarde. El escándalo estaba consumado.

Entrada Relacionadas