Por Roberto Chuchuy

Me pregunto dónde reside ese resorte que salta de manera incontenible cuando muere alguien amado por el pueblo. Algunos eran muy jóvenes; otros, todo lo contrario. Recuerdo la multitudinaria procesión que acompañó la repatriación de los restos de Carlos Gardel, una escena que años después pude ver en antiguas filmaciones recuperadas y difundidas por YouTube.

Más tarde llegaron las despedidas inolvidables de Eva Perón y de Juan Domingo Perón. También la de Aníbal Troilo. «Buenos Aires, aguantame un cacho más», dijo Pichuco en 1975, poco antes de partir. Su muerte también provocó una conmoción colectiva difícil de explicar con palabras.

Sospecho que, en aquellos días posteriores a la muerte de Perón, muchos intuían que se acercaban tiempos oscuros. La tristeza popular convivía con el temor a un futuro cargado de violencia y tragedia.

También José María Gatica y Oscar «Ringo» Bonavena convocaron multitudes. Y hubo que esperar hasta 2010 para que la muerte de Néstor Kirchner produjera un fenómeno similar: un chasquido que despertó a miles de personas y postergó durante años el castigo político que se incubaba contra un pueblo que se había atrevido a recuperar derechos y esperanzas.

La despedida de Diego Maradona pareció escrita por Scalabrini Ortiz. Fue el subsuelo de la patria sublevada volviendo a manifestarse, como aquel histórico 17 de octubre.

Y entonces aparece el Indio.

El Indio Solari es distinto a todos ellos. Es el único que alcanzó una masividad extraordinaria sin contar con un aparato de difusión detrás. Llegó a millones despreciando los mecanismos tradicionales de promoción, ignorando las reglas del mercado y dándoles la espalda a quienes pretendían convertirlo en un producto más de la industria cultural.

Por eso su vínculo con la gente fue diferente. No fue construido desde la televisión ni desde las campañas publicitarias. Nació de las canciones, de la poesía, de los recitales y de una identificación profunda con varias generaciones de argentinos.

Cuando la multitud comenzó a llegar a la Plaza de Mayo el viernes, podía percibirse el temor del poder frente a una manifestación popular imposible de encasillar. Más tarde, la policía volvió a responder de la manera que mejor conoce: con golpes, gases y provocaciones innecesarias.

No voy a escribir mucho más. Mi precaria prosa corre el riesgo de abaratar la poesía de quien supo decir tanto con tan pocas palabras.

Mejor escuchémoslo a él.

Porque quizás esa sea la mejor manera de entender por qué lo amamos.

Porque mientras exista una guitarra sonando en una esquina, una bandera levantada en una marcha o miles de personas cantando al unísono una de sus canciones, el Indio seguirá formando parte de esa memoria colectiva que ningún tiempo ni ninguna ausencia pueden borrar.

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