Se cumplen 55 años de aquel 3 de septiembre de 1971, cuando el féretro de Eva fue entregado por los militares en Puerta de Hierro. La reconstrucción de un acto político macabro, el dolor de un general viejo y el espanto de descubrir las marcas del odio gorila en la carne de la mujer más trascendente de nuestra historia.

Durante su exilio en Madrid, Perón tenía dos obsesiones: regresar a la Argentina y recuperar el cuerpo de Evita.

Una llamada del embajador Jorge Rojas Silveyra le confirmó que la devolución del cuerpo de Eva se realizaría el 3 de septiembre de aquel 1971. El Viejo supo entonces que esa noche podía marcar el principio de su regreso definitivo a Buenos Aires.

Solo lo acompañaban María Estela «Isabelita» Martínez; su secretario privado, José López Rega; su confidente, Jorge Daniel Paladino; el embajador Rojas Silveyra y dos sacerdotes de la Orden de la Merced.

También estaba el coronel Héctor Cabanillas, el mismo que había ejecutado las órdenes para esconder el cadáver de Eva y que ahora regresaba para entregárselo a Perón.

Cabanillas impostó solemnidad en sus palabras:

«Vengo a hacer la devolución formal de los restos de su señora esposa».

El largo derrotero

La dictadura robó el cuerpo de Evita en noviembre de 1955. Meses después de los bombardeos sobre Plaza de Mayo, un comando de la autoproclamada Revolución Libertadora, encabezado por Carlos Moori Koenig, secuestró sus restos embalsamados del segundo piso del edificio de la CGT.

El gobierno de Aramburu debatía cómo hacer desaparecer aquel cadáver indefenso que, aun muerto, seguía siendo una amenaza política. En un principio, se pensó en revertir el embalsamamiento para acelerar la descomposición natural del cuerpo. Pero el odio no se lleva bien con la biología…

La locura castrense derivó entonces hacia la idea de incinerarlo y arrojar sus restos al río. Tampoco tuvieron éxito. La Iglesia prohibía la cremación y exigía darle cristiana sepultura. A la resignación de tener que enterrar a Evita como única solución le siguió el pánico logístico: ¿dónde encontrar un pedazo de tierra para su tumba sin que se transformara en un santuario popular?

Para eso sí les sirvió la Iglesia.

Negociaron una parcela en el Cementerio Mayor de Milán. El operativo de traslado estaría a cargo del coronel Cabanillas, responsable de aquel largo viaje.

En mayo de 1957, el cuerpo de Evita cruzó el océano a bordo del buque Conte Biancamano. Una vez en el camposanto milanés, fue enterrado bajo el nombre falso de «María Maggi de Magistris». Para los militares, el secreto estaba a salvo.

Pero llegaron los años 70…

El secuestro y la ejecución de Pedro Eugenio Aramburu por parte de Montoneros trastocaron todo el escenario político nacional. La restitución de los restos de Evita se transformó en una pieza clave para destrabar el Gran Acuerdo Nacional, con el que la dictadura pretendía condicionar el regreso de Perón.

Lanusse diseñó entonces, a contrarreloj, el «Operativo Devolución». Su plan fracasó. Ahora, el cuerpo de Eva descansaba junto al General en el exilio y el retorno del peronismo parecía inapelable.

En el comedor de Puerta de Hierro…

El féretro de madera estaba notablemente deteriorado por la humedad de la fosa italiana. En su interior, una segunda caja metálica de zinc permanecía herméticamente soldada.

Para abrirla, ante la falta de herramientas específicas, se improvisó con un abrelatas industrial y pinzas pesadas. Con las manos tiznadas de óxido, el propio Perón asistió a las tareas.

Fue en ese preciso instante cuando la rigidez militar se quebró y los ojos del líder exiliado se llenaron de lágrimas al volver a contemplar el rostro de su gran amor.

El artesanal trabajo de conservación realizado por el anatomista español Pedro Ara en 1952 había resistido las inclemencias del tiempo, pero no había podido evitar las marcas de la infamia.

Al limpiar la superficie del cuerpo con un paño de algodón humedecido, descubrieron cerca de 35 lesiones evidentes. El tabique nasal estaba fracturado; el rostro y el cuello presentaban laceraciones; el pecho tenía marcas hundidas compatibles con quemaduras de cigarrillo; detrás de las orejas se observaban tajos producto de una inspección forense ilegal; y uno de los dedos de la mano derecha presentaba un corte profundo y estaba casi desprendido…

El ultraje era el reflejo físico de la violencia que la oligarquía había descargado contra uno de los mayores símbolos de los sectores populares.

Perón mandó a fotografiar en detalle cada una de esas heridas como registro histórico del vandalismo estatal. Sin embargo, prefirió guardar silencio público en ese momento, quizá para evitar que volviera a fracasar su segundo intento por retornar al país.

El cuerpo de Evita fue depositado provisionalmente en el altillo de la casa, sobre una mesa con tapa de mármol.

Evita permanecería en España hasta fines de 1974. Fue repatriada tras una nueva carambola de la historia: Montoneros volvió a secuestrar el cadáver de Aramburu, esta vez del Cementerio de la Recoleta, para exigirle al gobierno de Isabel el retorno de la Abanderada de los Humildes.

El 18 de noviembre, finalmente, los restos de Evita volvieron al país. La CGT declaró un paro general y una multitud acompañó su recorrido desde Aeroparque hasta la Quinta de Olivos, donde fueron depositados en una capilla ardiente junto a los restos de Perón, fallecido cuatro meses antes.

El golpe de Estado de 1976 puso nuevamente a los militares ante la disyuntiva de qué hacer con aquel cadáver al que consideraban maldito. Recién en octubre de ese año, Videla ordenó entregarlo a las hermanas Duarte, bajo condiciones intransigentes: el entierro debía realizarse en el panteón familiar del Cementerio de la Recoleta, en el mayor de los secretos, durante la madrugada y sin cortejo.

Durante los años del terrorismo de Estado, visitar libremente la tumba de Evita estuvo prohibido. El pasillo hacia la mítica bóveda se convirtió en una zona militarizada. Cualquier intento de dejar una flor o encender una vela era considerado un «acto subversivo» y podía ser motivo de detención.

Aquel cuerpo que Perón había preferido resguardar en Madrid terminaba finalmente en Buenos Aires: blindado por el miedo y vigilado por el mismo odio que había intentado condenarlo al olvido.

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