Por Roberto Chuchuy
El 24 de febrero de 1946, Juan Domingo Perón llegó a la presidencia de la Nación, llevando a Hortensio Quijano como vicepresidente y al Partido Laborista, junto con el movimiento obrero sindicalizado, conducido por Cipriano Reyes del Sindicato de la Carne.
En aquel momento, el peronismo enfrentaba un enorme desafío ante las injusticias de los gobiernos derechistas. Con la excepción del gobierno de Hipólito Yrigoyen, que fue destituido por el general José Félix Uriburu, el peronismo construyó una respuesta a todas las necesidades sociales. Sin embargo, hoy, a 79 años de aquellas elecciones, el peronismo no puede ofrecer las mismas soluciones que fueron acertadas en su momento para un mundo que ya no existe.
Es necesario repensar todo lo que hizo el peronismo durante ocho décadas para sostener los ataques del antiperonismo, las persecuciones, torturas y desapariciones forzadas de personas.
Filosóficamente, el peronismo está en crisis. No es repitiendo las viejas consignas, ni cantando la marcha peronista, ni proponiendo fundamentalismos como puede revitalizarse. Tampoco se logrará reimplantando valores perdidos sin una verdadera actualización doctrinaria.
Abrazar nuevas agendas o pregonar un progresismo banal e improvisado, o resignarse a administrar los despojos que el capitalismo neoliberal deja a su paso —como lo hicieron todos los gobiernos militares y los de Menem, De la Rúa, Macri y el actual destrato de Javier Milei— tampoco es el camino.
Ni una respuesta ortodoxa ni la apostasía política parecen ser las vías adecuadas para la reparación del peronismo. Creo que el camino es la recuperación de una mística nacional y popular que acompañe las experiencias, los miedos, las ilusiones, los valores y las contradicciones de las mayorías precarizadas, para que el peronismo vuelva a insertarse en la conciencia de un pueblo sufrido.
Y esto debe hacerse con humildad y honestidad, traduciendo al presente aquellos principios que fueron tan efectivos para interpretar la identidad de una mayoría política que se reconocía a sí misma como un pueblo.
El peronismo debe recuperarse sabiendo escuchar todas las voces y, por supuesto, debe elaborar un modelo económico que mejore las condiciones materiales de las mayorías.
Sin una propuesta económica realista, eficiente y generadora de riqueza, pero que no sea meramente redistributiva a través del Estado, sino sencillamente distributiva con pautas sociales claras, el peronismo corre el riesgo de morir en los devaneos especulativos y las disquisiciones filosóficas de una élite narcisista, ególatra e indolente, que lo hace en nombre de un Partido Justicialista hoy adormecido y sin esperanzas. Así, encontramos al peronismo vivo en el error, pero no en la pureza.
¿Qué opciones tiene el peronismo a futuro?
Tras la crisis producida por la derrota del 2023 y las dificultades de gobierno, el peronismo huyó hacia adelante con una nueva estrategia en el proceso de civilización argentino. Ahora resta evaluar cuál será la próxima jugada de la élite dirigente del movimiento, que pronto cumplirá 80 años.
Creo que debe surgir una nueva estrategia de confrontación hegemónica, que incluya en la próxima etapa la posibilidad de un nuevo pacto o contrato social, tantas veces pregonado.
¿Y cómo sería ese pacto social?
Sería el peronismo quien aportaría gobernabilidad y paz social tras el cuarto fracaso consecutivo del neoliberalismo, estableciendo las estructuras de poder en Argentina y determinando cuáles serán los límites del reparto de responsabilidades y beneficios de ese pacto. Y aquí surge el desafío: el poder de lo hegemónico o el poder del pacto social.
Por último, el peronismo sirvió para modernizar el sistema cultural argentino, intentando reemplazar el pensamiento reaccionario del siglo XIX por un igualitarismo plebeyo del siglo XX.
El modelo agroexportador necesitaba justificar la supremacía de una élite que concentraba riquezas y que no precisaba de un mercado interno. En cambio, el modelo de mercado interno requería relaciones sociales más igualitarias y menos ásperas entre productores, trabajadores y consumidores, que pudieran entremezclarse en una feria imaginaria.
Esas dos civilizaciones argentinas todavía hoy tropiezan entre sí, superponiéndose una a la otra.
Pero hay algo que desnuda el síndrome del perro del hortelano de la élite de la Argentina establecida: detrás de cada gobierno peronista, siempre, el discurso de «los que mandan» amenaza con que «ahora hay que pagar la fiesta». Y el castigo represivo a la sociedad consiste en empobrecer brutalmente a los beneficiados de esa supuesta fiesta.
Y no se trata solamente de una apropiación de recursos o de una transferencia de ingresos, sino de un escarmiento, a veces brutal, por haber osado pretender el derecho a disfrutar.
¿Para qué sirvió el peronismo, entonces?
Para democratizar el derecho al placer. El placer del turismo social, el placer de comer asado todos los domingos, el placer de comprarse un auto nuevo, el placer de la casa propia. Porque el peronismo también depende del deseo colectivo, de la voluntad de un pueblo, que es, en sí mismo, una multitud de pequeños pueblos.
Dentro de esa modernización de pautas culturales, quizás el centro de la disputa sea el derecho al placer. ¿Quién tiene derecho a gozar en Argentina? ¿Quién se lo merece? ¿Quién hizo méritos suficientes para obtener el derecho al placer? Y la contracara: ¿Quién no y por qué no?
Ese límite también demarca la frontera entre la Argentina establecida y la Argentina forastera o extranjera.
La primera, quizás por el trauma que produjo «el dolor de ya no ser», como dice el tango, quedó encerrada en el goce neurótico de acaparar el derecho al placer para sus propias élites e impedir el placer de los demás. La segunda, en cambio, intentó democratizar el placer para las mayorías. A veces lo logró y otras veces, no, por supuesto.
Por lo menos, así lo veo yo





