El gobernador Gustavo Sáenz volvió a ocupar la escena nacional a partir de un cruce en redes sociales con el ex jefe del Ejército, César Milani. Un intercambio cargado de símbolos, acusaciones y gestos altisonantes que, más que aclarar posiciones políticas, expone una estrategia de confrontación que mira hacia Buenos Aires mientras la provincia atraviesa problemas urgentes.

Sáenz eligió apuntar contra Cristina Fernández de Kirchner, una dirigente que no gobierna ni la Nación ni el Partido Justicialista desde hace años, denunciando un supuesto autoritarismo y reclamando incluso la intervención del PJ nacional. La respuesta de Milani, dura y provocadora, buscó desnudar lo que considera una contradicción central: criticar al kirchnerismo mientras se acompaña sin reparos al gobierno de Javier Milei.

El gobernador respondió defendiendo la democracia y el voto popular, apelando a símbolos identitarios como el poncho salteño y marcando distancia de cualquier tradición autoritaria. Ese gesto, legítimo en lo discursivo, no alcanza para disipar una inquietud que crece en amplios sectores sociales de la provincia.

Mientras se polemiza con espacios que hoy no gobiernan, en Salta avanzan decisiones concretas que sí impactan en la vida cotidiana. El respaldo explícito de Sáenz a la reforma laboral impulsada por el gobierno nacional encendió alarmas entre trabajadores y sindicatos, que ven en esa iniciativa una amenaza a derechos conquistados.

La discusión de fondo no es una pelea de egos ni una batalla simbólica en redes sociales. El verdadero debate pendiente es cómo defender el trabajo, los recursos provinciales y la dignidad de los salteños en un contexto de ajuste y concentración de poder. Recuperar iniciativa política no debería implicar correr el eje de los problemas reales ni postergar las discusiones que la provincia necesita dar.

Entrada Relacionadas