El dato es político y, sobre todo, inquietante: según un informe de Perfil, las visitas a Javier Milei en la Quinta de Olivos cayeron un 42% al comparar el primer semestre de 2025 con el mismo período de 2026. Al mismo tiempo, disminuyó la presencia presidencial en la Casa Rosada, mientras creció el protagonismo político de Karina Milei.
Pero detrás de esos números aparece una pregunta mucho más profunda: ¿quién está tomando las decisiones del Gobierno? Si el Presidente reduce su exposición y su actividad institucional mientras su hermana gana centralidad en el armado político, la discusión deja de ser solamente una cuestión de estilo o de agenda y pasa a ser una cuestión de conducción.
Y aquí aparece un punto que no es menor. Los argentinos —o, más precisamente, quienes acompañaron electoralmente a La Libertad Avanza— eligieron a Javier Milei como Presidente, no a Karina Milei. Que la secretaria general de la Presidencia tenga influencia política es una cosa; que su figura termine ocupando un lugar cada vez más determinante frente a un Presidente con menor presencia institucional es otra muy distinta.
En este contexto, cualquier interrogante sobre los motivos de esa menor actividad presidencial debería ser respondido con información oficial y transparencia. No corresponde atribuirla a cuestiones de salud o medicación sin información médica u oficial que lo respalde. Si existiera alguna circunstancia que afectara la capacidad del Presidente para ejercer plenamente sus funciones, entonces sí se trataría de un asunto institucional que exigiría explicaciones claras.
Una democracia no puede funcionar bajo la lógica de que “nadie sabe quién manda”. El poder debe tener responsables visibles, ejercer sus funciones dentro del marco institucional y rendir cuentas ante la sociedad.
Porque los ciudadanos votaron a un Presidente, no a un gobierno delegado en su círculo íntimo.






