El Juicio a las Juntas Militares suele recordarse como una gesta épica encabezada por Julio César Strassera, convertido con el tiempo en un símbolo casi indiscutido de aquella etapa histórica. Sin embargo, detrás de esa imagen hay zonas menos iluminadas, decisiones políticas poco explicadas y tensiones internas que fueron decisivas para el desarrollo del proceso.

Strassera no llegó al juicio por azar: fue elegido por el presidente Raúl Alfonsín. Aun así, hasta hoy sigue sin comprenderse del todo por qué se lo designó a él, un funcionario judicial que había ejercido durante la dictadura e incluso había jurado bajo los estatutos de la autodenominada “Revolución Argentina”. Su figura cargaba con ese antecedente y con la mirada desconfiada de quienes sabían que no era un outsider del aparato judicial heredado del terrorismo de Estado.

En ese contexto irrumpió una figura clave: Luis Moreno Ocampo, designado como fiscal adjunto. Su aporte no se limitó al alegato: fue él quien insistió en que el equipo fiscal estuviera integrado por profesionales jóvenes, sin compromisos con la dictadura ni vínculos con la antigua estructura judicial que Strassera prefería. Mientras el fiscal principal buscaba rodearse de funcionarios de su propia camada, Moreno Ocampo defendía que el juicio sólo tendría legitimidad y fuerza si lo llevaban adelante fiscales nuevos, formados en democracia y sin ataduras con el pasado reciente.

La apuesta dio resultados inmediatos. El entusiasmo, la voluntad, la energía y la convicción de aquellos jóvenes fiscales aportaron al proceso una vitalidad inesperada. Fueron ellos quienes estudiaron miles de fojas, reconstruyeron cadenas de mando, organizaron testimonios y sostuvieron, día tras día, el andamiaje probatorio que permitió poner contra las cuerdas a los comandantes. Mientras Strassera ocupaba el centro de la escena pública, los jóvenes cargaban sobre sus espaldas buena parte del trabajo más arduo y menos visible del juicio.

Esa combinación —la figura institucional del fiscal principal y la irrupción combativa de una nueva generación— fue uno de los elementos que permitió que el juicio avanzara pese a las amenazas militares, las presiones políticas y la fragilidad democrática del momento. El resultado no fue sólo una sentencia histórica: fue la demostración de que una democracia naciente podía encontrar en sus propias filas la fuerza para juzgar a los responsables del horror.

El Juicio a las Juntas no fue obra de un héroe individual. Fue un proceso complejo, cargado de tensiones internas, donde la audacia de los más jóvenes y el compromiso de una democracia recién recuperada se combinaron para sentar las bases de un camino que aún hoy define a la Argentina: memoria, verdad y justicia.

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