Desde que los hermanos Milei llegaron al Gobierno, Malvinas reaparece en sus discursos como una promesa de soberanía. Sin embargo, entre las palabras y los hechos existe una contradicción cada vez más evidente.
El 2 de abril de 2024, Javier Milei llamó a una “reconciliación con las Fuerzas Armadas” y afirmó que “no hay soberanía” si se las cuestiona. Esa reivindicación, en boca de una derecha que pretende relativizar los crímenes de la última dictadura, no puede confundirse con memoria democrática ni con una verdadera defensa de la soberanía.
Mientras proclama una recuperación pacífica de las islas, su política exterior rompe con tradiciones diplomáticas argentinas y profundiza el alineamiento con Estados Unidos e Israel. En las Naciones Unidas, Argentina se apartó de posiciones históricas sobre derechos humanos, Palestina, desarme y otros asuntos, quedando reiteradamente alineada con Washington y Tel Aviv.
El problema es que Malvinas también se defiende con diplomacia. Aislarse internacionalmente no fortalece el reclamo: lo debilita.
Y mientras empresas vinculadas a intereses británicos avanzan sobre los recursos hidrocarburíferos del Atlántico Sur, el Gobierno debe explicar si sus decisiones fortalecen la soberanía argentina o si terminan favoreciendo, por acción u omisión, los intereses del Reino Unido.
Porque Malvinas no se defiende con discursos ni con gestos contradictorios frente a los intereses británicos. La soberanía se defiende con hechos.






