El jefe de Gabinete ya no es un problema menor. Es un problema político que el Gobierno eligió sostener.
Su actitud frente a los periodistas —arrogante, despectiva y provocadora— no suma, no ordena, no construye. Al contrario: desgasta. Y, en un momento en el que la imagen de Javier Milei empieza a mostrar fisuras, ese desgaste pesa el doble.
Porque no se trata solo de formas, sino de sentido político.

Un funcionario que agrede, que descalifica a los periodistas y que convierte cada intervención en un conflicto innecesario termina haciendo daño. Daño a la gestión, daño al mensaje y, sobre todo, daño a la credibilidad.
Por eso sorprende que no se haya aceptado su renuncia cuando el escándalo lo dejó expuesto.





