Milei agita payasadas en Brasil, en Perú y donde haga falta. Si no hay pan, que haya “guerra cultural”. Mientras tanto, los problemas reales siguen ahí: el dólar, el déficit, las reservas y la inflación son asuntos del Estado; para nosotros, la discusión es mucho más concreta: el salario, el alquiler, la tarjeta, el pluriempleo, la cuota atrasada y, sobre todo, el endeudamiento.

Durante más de dos años nos vendieron una fantasía de prosperidad colectiva: que bajaría la inflación, llegarían inversiones y el crecimiento derramaría bienestar. El segundo semestre, el año siguiente, el próximo préstamo: siempre había una promesa para postergar el sufrimiento. Pero la copa de champagne nunca derramó una sola gota.

La realidad terminó chocando con el dogma

Los ingresos de los trabajadores públicos y privados corren detrás de los precios, mientras que los alquileres, las tarifas, el transporte, la salud, la educación y los alimentos se llevan cada vez una mayor parte del sueldo. El Banco Central reconoce que las familias destinan una proporción creciente de sus ingresos a pagar capital e intereses. Antes de llegar al supermercado, buena parte del salario ya está comprometida.

Por eso aumenta la morosidad y cae el Gobierno: porque la vida cotidiana empieza a emitir su propio veredicto. No hay encuesta ni relato que pueda ocultarlo.

Durante demasiado tiempo

Parte del peronismo, del justicialismo, la burocracia sindical y algunos gobernadores administraron el conflicto esperando que Milei se desgastara solo. Esa espera no fue neutral: también los arrastró.

Ahora el desgaste es visible

Cristina vuelve al centro de la escena, con la batalla judicial, la disputa interna y la centralidad electoral. Y, pese a todo, el peronismo deberá encontrar la unidad.

Porque frente a un gobierno que pretende convertir la angustia social en “guerra cultural”, la respuesta tiene que ser política: salario, trabajo, producción y futuro.

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