Milei llama “batalla cultural” a una guerra en la que sobran los demonios y faltan los argumentos. Cuando no puede sostener una discusión, apela al infierno, al socialismo o a cualquier enemigo imaginario que le permita evitar las preguntas incómodas.

Una verdadera batalla cultural exige cultura: leer, conocer la historia, discutir ideas y responder a las críticas con argumentos. Pero el mileísmo parece haber convertido la política en una misa de consignas: el mercado como dogma, la propiedad privada como mandamiento y el Estado como pecado original.

La paradoja es brutal: quien llegó prometiendo terminar con la casta construyó su propia casta de certezas, donde cuestionar su doctrina económica equivale casi a cometer una herejía.

Pero hay preguntas que ninguna motosierra puede cortar: ¿quién produce la riqueza? ¿Quién decide sobre ella? ¿Por qué millones trabajan mientras una minoría concentra una parte creciente de lo que la sociedad genera?

Esas preguntas no nacieron con Marx. Son tan antiguas como el capitalismo.

Milei puede gritar, insultar y señalar demonios. Lo que no puede hacer es reemplazar el debate por una cruzada.

Porque la verdadera batalla cultural no se gana con una motosierra: se gana con ideas, argumentos y resultados.

Lo demás es apenas ruido con pretensiones de doctrina.

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