«Corruptos son ustedes», «chorros»: los insultos presidenciales ya no son exabruptos ocasionales, sino una metodología de gobierno.
Javier Milei volvió a descargar su furia contra los periodistas. Esta vez, a la salida del Congreso, respondió con insultos ante las preguntas de la prensa: «Corruptos son ustedes» y «chorros».
No fue un episodio aislado. Prohibió el ingreso de más de 60 periodistas acreditados a la Casa Rosada, impulsó denuncias penales contra trabajadores de prensa y convirtió sus redes sociales en una maquinaria de agresiones. Según publicó La Nación, sus ataques digitales se cuentan por cientos.
¿Qué le molesta tanto al presidente? ¿Las preguntas? ¿Las investigaciones? ¿Que el periodismo cumpla con su obligación de controlar al poder?
La democracia no necesita periodistas obedientes ni medios sometidos. Necesita libertad para preguntar, investigar y denunciar. Un presidente puede cuestionar una información, pero no utilizar el peso del Estado para intimidar a quienes ejercen el periodismo.
Y hay algo más preocupante: estos ataques se multiplican mientras se acumulan interrogantes sobre la causa $LIBRA, las denuncias por irregularidades en la ANDIS y las investigaciones sobre el patrimonio del jefe de Gabinete, Manuel Adorni.
Milei debe entenderlo: los periodistas no son sus enemigos. El enemigo de la democracia es cualquier gobierno que confunda autoridad con impunidad y crítica con conspiración.
Un presidente que insulta cuando le preguntan no demuestra fortaleza: exhibe intolerancia. La libertad de prensa no se negocia ni se arrodilla ante ningún gobierno.






