Después de la enorme concentración de gente en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y en muchas provincias, la marcha antifascista respondió masivamente a Javier Milei, quien lanzó exabruptos durante la conferencia de Davos. Posteriormente, argumentó que sus declaraciones estaban fuera de contexto; sin embargo, quedó claro que todo lo expuesto figura en las páginas oficiales del Gobierno.
En concreto, nadie supo salir bien librado del ridículo, y Milei pagó caro los insultos fascistas, pronunciados de forma distraída y siniestra. La manifestación, comparable únicamente con la marcha estudiantil de 2024, dejó en evidencia la ineficacia de los medios enardecidos que lo defienden.
En esta movilización, realizada en todo el país, se arengó contra la misoginia, la homofobia, el negacionismo y las políticas de ajuste. Como de costumbre, la Policía de la Ciudad de Buenos Aires minó la movilización, estimando en 70 el número de participantes, aunque las imágenes aéreas certifican una cifra claramente mayor. No importan los números, lo que realmente cuenta es la respuesta: esa fuerza popular que se expresó en el territorio nacional, con impactantes convocatorias en Córdoba, Rosario, Neuquén, Mendoza, Mar del Plata y San Miguel de Tucumán, entre otras urbes.
La multitudinaria protesta se tradujo en una derrota política para el oficialismo, haciendo que el propio Milei se ridiculizara al repetir que había sido tergiversado.
Voceros mediáticos y parte integrante del gran empresariado, junto a medios como La Nación y Clarín, aconsejan matizar esa radicalidad «anti-woke». Se trata de evitar que las calles se conviertan en el escenario central de la oposición social y política al Gobierno, y de impedir que la reacción activa ante la homofobia y misoginia oficial convoque a quienes se sienten agraviados por despidos, ataques salariales, precarización de la vida y empobrecimiento generalizado. En esa convergencia potencial se gesta el germen de una resistencia capaz de derrotar el conjunto del proyecto mileísta, expresado en las banderas de luchas emblemáticas —como la del Hospital Bonaparte— en las columnas de organizaciones sociales, sindicales y de derechos humanos, y en los carteles contra el negacionismo y el ajuste.
El engaño del «amplio frente antifascista»
Invocando un amplio antifascismo, parte de la oposición convoca a la construcción de una gran alianza electoral que integre a quienes «no son Milei». Juan Grabois lo enunció explícitamente hace días, llamando a Martín Lousteau y a Elisa Carrió; la propuesta es incluir a todos, excepto a Macri.
No obstante, el llamado al «amplio frente antifascista» implica renunciar a todo combate serio en las calles, entregándose a la espera eterna de los tiempos electorales y a la esperanza impotente en formaciones políticas precarias. Supone una fe ciega en actores que hoy forman parte del régimen político que respalda a Milei y que, aun rechazando sus discursos de odio, avalan y sostienen un programa de mayor subordinación al gran capital financiero y al FMI, la destrucción de la salud y la educación públicas, la reforma laboral y un extractivismo feroz.





