Mientras el estadio Monumental explotaba de alegría, a menos de un kilómetro, en la ESMA, hombres y mujeres eran torturados, asesinados y luego arrojados al mar en los llamados «vuelos de la muerte». Ese también fue el Mundial de 1978.

No fue solamente una dictadura militar. Fue una estructura de poder integrada por las Fuerzas Armadas, sectores del poder económico, parte del empresariado, dirigentes civiles, una porción importante de los grandes medios de comunicación y miembros de la jerarquía de la Iglesia Católica que, salvo honrosas excepciones, eligieron la complicidad antes que la denuncia.

La fotografía de la ceremonia inaugural constituye un documento histórico. En el palco oficial compartían el acto el presidente de facto Jorge Rafael Videla, Emilio Eduardo Massera y Orlando Ramón Agosti junto al nuncio apostólico Pío Laghi y el cardenal Juan Carlos Aramburu. Mientras el mundo observaba la fiesta del fútbol, miles de argentinos permanecían secuestrados en centros clandestinos de detención.

La Iglesia institucional, con excepciones como Enrique Angelelli, Carlos Ponce de León, Jaime de Nevares, Miguel Hesayne y Jorge Novak, no acompañó mayoritariamente a las víctimas. En demasiadas oportunidades optó por respaldar al poder antes que denunciar el terrorismo de Estado.

El Mundial como operación de propaganda

Para la Junta Militar, el Mundial era mucho más que un campeonato. Era la oportunidad de mostrar al mundo una Argentina supuestamente ordenada, pacífica y próspera, mientras el aparato represivo actuaba en todo el país.

Con ese objetivo se creó el Ente Autárquico Mundial ’78 (EAM ’78), organismo encargado de organizar el torneo. Tras el asesinato de su presidente, el general Omar Actis, el almirante Carlos Lacoste asumió un rol central en la conducción del organismo y en el manejo de los millonarios recursos destinados al campeonato.

En su libro Almirante Lacoste: ¿Quién mató al general Actis?, el periodista Eugenio Menéndez sostiene la hipótesis de que Lacoste fue el autor intelectual del homicidio. Sin embargo, esa acusación nunca fue probada judicialmente.

La gestión del EAM ’78 estuvo rodeada de denuncias por sobreprecios, irregularidades y disputas internas entre distintos sectores de la dictadura. Detrás del discurso patriótico funcionaba una estructura de poder atravesada por la corrupción, el miedo y la violencia.

El periodista holandés que rompió el silencio

La censura durante el Mundial fue casi absoluta. Sin embargo, el periodista holandés Frits Barend logró burlar los controles impuestos por la dictadura.

Durante su cobertura registró la ronda de las Madres de Plaza de Mayo y entrevistó a Hebe de Bonafini, permitiendo que esas imágenes trascendieran las fronteras argentinas y mostraran una realidad que el régimen intentaba ocultar.

Existe además otro episodio ampliamente difundido. Tras la final del campeonato, Barend logró ingresar al acto oficial haciéndose pasar por integrante de la delegación neerlandesa y le preguntó directamente a Jorge Rafael Videla:

¿Dónde están los desaparecidos?

Aquella pregunta rompió, aunque fuera por unos instantes, el blindaje propagandístico construido por la dictadura.

Perú: el partido que nunca dejó de generar sospechas

Otra de las mayores polémicas del Mundial continúa siendo el encuentro entre Argentina y Perú.

La Selección necesitaba ganar por cuatro goles para acceder a la final y terminó imponiéndose por un inesperado 6-0. Antes del partido, Jorge Rafael Videla visitó el vestuario del equipo peruano acompañado por el exsecretario de Estado estadounidense Henry Kissinger, una escena que alimentó las sospechas.

Con el paso de los años aparecieron testimonios, investigaciones periodísticas y documentos que mencionan posibles presiones políticas y acuerdos entre ambos gobiernos. Sin embargo, hasta el presente nunca pudo probarse judicialmente que el partido haya sido arreglado.

A casi cinco décadas de aquel encuentro, la sombra de la duda continúa acompañando ese resultado.

La ESMA, a metros de la fiesta

Mientras millones de personas celebraban cada gol argentino, los secuestrados de la ESMA escuchaban los festejos que llegaban desde el Monumental.

Algunos sobrevivientes relataron que pudieron ver partidos por televisión. Otros fueron obligados a celebrar las victorias de la Selección junto a sus propios torturadores.

La imagen resulta estremecedora: un pueblo abrazándose por un campeonato del mundo mientras, a pocas cuadras, funcionaba uno de los mayores centros clandestinos de exterminio de la dictadura.

La responsabilidad de la FIFA

La FIFA tampoco puede quedar al margen del análisis histórico.

Su presidente, João Havelange, y buena parte de la dirigencia internacional aceptaron el relato construido por la Junta Militar, minimizaron las denuncias de los organismos de derechos humanos y permitieron que el Mundial se transformara en la mayor operación internacional de propaganda del régimen.

El silencio terminó siendo funcional al terrorismo de Estado.

Una copa que pertenece al pueblo, no a los genocidas

El Mundial de 1978 dejó una estrella imborrable para el fútbol argentino.

Esa conquista pertenece para siempre a los futbolistas dirigidos por César Luis Menotti y al pueblo argentino que vibró con aquella Selección.

La utilización política de ese triunfo pertenece exclusivamente a la dictadura que intentó convertir una victoria deportiva en una herramienta para ocultar los secuestros, las desapariciones, las torturas y los asesinatos.

Cada vez que alguien pretende recordar aquel Mundial como una fiesta desligada de su contexto histórico, las víctimas vuelven a desaparecer simbólicamente.

Porque no existieron dos Argentinas: una de fútbol y otra de desaparecidos.

Existió una sola.

La misma donde los goles convivían con la picana eléctrica, los centros clandestinos, los vuelos de la muerte, el robo de bebés, la censura, la corrupción y el terrorismo de Estado.

La pelota rodaba sobre el césped.

Debajo de ella, un país entero sangraba.

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