Comparar a la Argentina con la Sudáfrica del apartheid o con los conflictos más extremos de Israel es, como mínimo, una exageración. ¿Hay racismo? Sí, y sería necio negarlo. La crisis socioeconómica aprieta, la pelea por el mango está cada vez más difícil y, lamentablemente, la competencia por los puestos de trabajo a veces enciende tensiones entre nativos e inmigrantes.

Aun así, reconozcámoslo: al argentino promedio le encanta poner apodos con total naturalidad. Decirle «el Gordo», «la Negra», «el Gringo», «la Gallega» o «el Ruso» forma parte del folclore verbal del café, del barrio y de la cancha. Históricamente, ninguno de esos apodos nació con la intención de construir un sistema de segregación racial.

Ahora bien, una cosa es el chiste entre amigos y otra muy distinta es cuando la situación se vuelve violenta y, en algunos casos, la agresión escala hasta el intento de linchar al prójimo. Ahí la broma deja de ser una broma y el problema pasa a ser realmente preocupante.

Arrogantes, pedantes y un poquito europeos (al menos en los papeles)

Hablemos de otro clásico nacional: la soberbia argentina. Esa necesidad casi irrefrenable de creer que descendemos de los barcos, mirarnos el ombligo y sentirnos superiores al resto de Latinoamérica.

Los argentinos —sobre todo los porteños, los cordobeses y buena parte de los habitantes del Litoral— somos gritones, temperamentales, discutidores y opinólogos por naturaleza.

¿Parecemos soberbios? Puede ser. Somos, en cierto modo, parecidos a los italianos o a los cubanos: mucho ruido y mucho corazón. Pero calificarnos de arrogantes solo por eso es tan simplista como caer en el cliché de pensar que los mexicanos son sumisos porque dicen «mande» o que todos los estadounidenses son progresistas porque hablan de la cultura woke.

Además, ningún país está libre de cierta dosis de soberbia nacional. México tiene lo suyo con el «México lindo y querido» y hasta con la picardía de «mexicanear» al prójimo. Brasil presume de ser o país mais grande do mundo. Francia suele presentarse como la cuna de la civilización y de la cultura, aunque buena parte de su élite todavía mire de reojo a Inglaterra.

Y si hablamos de campeones mundiales de la pedantería, los estadounidenses suelen encabezar el ranking, convencidos de que su modelo político y económico es la solución para el mundo. Del mismo modo, muchos israelíes sostienen una fuerte identidad basada en la idea de ser el pueblo elegido por Dios.

Entonces, ¿somos pedantes? Un poco, sí. ¿Pero más que cualquier otra sociedad del planeta? No digamos tonterías.

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