El 16 de junio de 1955 constituye uno de los episodios más trágicos y violentos de la historia argentina. Ese día, aviones de la Marina de Guerra y de la Aviación Naval bombardearon y ametrallaron la Plaza de Mayo y sus alrededores con el objetivo explícito de asesinar al entonces presidente Juan Domingo Perón y precipitar un golpe de Estado.

La operación dejó más de 300 muertos y cientos de heridos, en su mayoría civiles que transitaban por el centro porteño o que habían concurrido a la zona por motivos laborales, bancarios o escolares. Fue el primer bombardeo aéreo masivo contra población civil en la historia argentina.
Aunque el intento golpista fracasó aquel día, tres meses después, el 16 de septiembre de 1955, una nueva sublevación militar, denominada por sus autores «Revolución Libertadora», logró derrocar a Perón y obligarlo a partir al exilio.
La caída del gobierno peronista no fue únicamente el resultado de una acción militar. Fue la consecuencia de la convergencia de intereses entre sectores de las Fuerzas Armadas, dirigentes políticos antiperonistas, grupos económicos y parte de la conducción eclesiástica de la época. Esa alianza encontró en el bombardeo de Plaza de Mayo su expresión más brutal y en el golpe de septiembre su desenlace político.
Setenta y un años después, aquel ataque continúa siendo una de las heridas más profundas de la historia argentina. No solo por la magnitud de la violencia ejercida contra la población civil, sino también porque constituye un recordatorio de los peligros que enfrentan las democracias cuando las diferencias políticas abandonan el terreno institucional y son reemplazadas por la fuerza.
La memoria de las víctimas sigue interpelando al presente y recordando que ninguna diferencia ideológica puede justificar el terrorismo político ni la violencia contra el pueblo.






