El 11 de junio de 1955, más de 100 mil personas se manifestaron en Buenos Aires convocadas por la Iglesia Católica. Aquella marcha, que comenzó como una celebración religiosa, terminó siendo un acto político de alto voltaje que marcó el principio del fin del segundo gobierno de Juan Domingo Perón.
Un día como hoy, pero en 1955, se produjo una de las primeras manifestaciones masivas de oposición al gobierno del general Juan Domingo Perón. La movilización fue organizada por la Iglesia Católica bajo la excusa de celebrar la festividad de Corpus Christi, pero su trasfondo fue marcadamente político.
La relación entre Perón y la Iglesia había sido cordial desde 1946, incluso con coincidencias en torno a la doctrina social. Sin embargo, a fines de 1954, el vínculo comenzó a resquebrajarse en medio de un clima político cada vez más tenso. La legalización del divorcio vincular, la eliminación de los feriados religiosos y la supresión de la enseñanza religiosa en las escuelas públicas generaron un profundo malestar en la jerarquía eclesiástica.
En ese contexto, el sábado 11 de junio de 1955, más de 100 mil personas marcharon desde la Catedral Metropolitana hasta el Congreso de la Nación, portando banderas blancas y amarillas —colores del Vaticano— y entonando cánticos como “El ejército es católico” y “Basta de terror”. Algunos sectores de la manifestación comenzaron a corear consignas claramente hostiles hacia el gobierno.
Durante el acto se registró un hecho polémico: la quema de una bandera argentina frente al Congreso. El oficialismo acusó a los manifestantes y reaccionó con dureza. Perón ordenó la expulsión de los monseñores Tato y Novoa, lo que provocó la condena del Vaticano, que excomulgó a los responsables de la medida.
Solo cinco días después, el 16 de junio, un intento de golpe de Estado encabezado por una escuadrilla de la Armada bombardeó la Casa Rosada y la Plaza de Mayo, dejando cientos de muertos civiles. El objetivo era asesinar a Perón y tomar el poder, pero el plan fracasó. Sin embargo, dos meses después, el golpe se concretó: Perón fue derrocado por una nueva sublevación cívico-militar encabezada por el general Eduardo Lonardi.
La manifestación del 11 de junio no fue solo una expresión de fe. Fue una señal inequívoca del quiebre entre el gobierno y la Iglesia, y del avance de una oposición que, con apoyo eclesiástico y militar, terminaría poniendo fin al segundo mandato del líder justicialista.





