La CGT atraviesa una de sus mejores oportunidades para reivindicar su pasado heroico de luchas: aquel de los tiempos de Ubaldini, Tosco, Ongaro, Julián Guillán y otros dirigentes que entendían que los derechos se defienden en la calle. El tiempo de la “franela del diálogo” es acotado y la coyuntura exige definiciones precisas y urgentes.

La central obrera realizó una caracterización contundente de la reforma laboral impulsada por el gobierno de Javier Milei. La definió sin rodeos como una ley pensada para “despedir mejor y más barato” y denunció su inconstitucionalidad, el vaciamiento de derechos colectivos, el debilitamiento sindical y la avanzada directa sobre la negociación colectiva. Incluso reconoció que la reforma no generará empleo, que el banco de horas profundiza la desigualdad entre capital y trabajo y que se vulnera el artículo 14 bis de la Constitución Nacional.
Sin embargo, ese diagnóstico choca de frente con la estrategia política que sostiene la conducción cegetista, anclada en una oposición dialoguista y “constructiva”, dispuesta a consensuar una supuesta modernización del mundo del trabajo. Mientras tanto, la CGT se reúne con gobernadores, senadores radicales y bloques provinciales en busca de acuerdos, pese a que muchos de esos actores —incluidos gobernadores peronistas— han sido aliados clave del gobierno de Milei y permitieron avanzar el plan de ajuste y motosierra contra los trabajadores.
La historia demuestra que todas las conquistas laborales se lograron con lucha, paro y movilización. El proyecto oficial busca debilitar deliberadamente a los sindicatos, limitar el derecho de huelga y erosionar la representación gremial: es un verdadero plan de guerra política. Frente a eso no hay margen para la ambigüedad. Mientras la CGT habla de diálogo, el Gobierno afina su ofensiva. La respuesta solo puede surgir desde abajo, con organización, unidad y un plan de lucha a la altura de lo que se viene.





