La caída de Manuel Adorni ya no es un rumor de pasillo: es una evidencia política. Lo que comenzó como un vocero filoso, provocador y funcional al relato libertario, hoy se convirtió en un problema estructural para el gobierno de Javier Milei. Y, peor aún, en un problema que salpica directamente al núcleo duro del poder, donde la influencia de Karina Milei es determinante.

Adorni no cae solo: arrastra. Su figura, cada vez más asociada a sospechas de corrupción y a un nivel de vida difícil de justificar, erosiona la credibilidad de un gobierno que prometía pureza moral y terminó enredado en sus propias contradicciones. El relato anticasta empieza a resquebrajarse cuando uno de los propios queda bajo la lupa.
En la Casa Rosada, la interna hierve. Mientras algunos ya lo dan por amortizado, otros insisten en que es “inamovible”. Pero esa supuesta firmeza no es política, sino personal. Karina no suelta a sus leales. Ya lo demostró con Eduardo “Lule” Menem en medio de distintos cuestionamientos, y ahora redobla la apuesta con Adorni. La lógica no parece institucional, sino de pertenencia.
Sin embargo, la realidad se impone. La imagen pública del vocero se deteriora, las encuestas lo castigan y dentro del oficialismo crece el malestar. Porque cada punto que pierde Adorni, lo pierde Milei. Cada sospecha que lo rodea, impacta directamente en el gobierno.
En paralelo, el “operativo reemplazo” ya estaría en marcha, aunque lo nieguen. Suenan nombres como Sandra Pettovello, Diego Santilli, Pilar Ramírez, Martín Menem y Pablo Quirno. Todos lo desmienten. Nadie quiere quedar expuesto. Pero en política, cuando los nombres empiezan a circular, es porque algo ya se quebró.
La tensión también deja al descubierto otra grieta: la desconfianza de Karina hacia dirigentes con pasado en el PRO, como Patricia Bullrich o el propio Santilli. El poder se cierra, se vuelve más desconfiado y más endogámico. Y eso, lejos de fortalecerlo, lo debilita.
Mientras tanto, Adorni sigue. Resiste. Pero se desgasta. Ya no tuitea con la misma soltura ni provoca con la misma impunidad. El personaje cruje. Y cuando el personaje se rompe, queda la persona… y las explicaciones pendientes.
La gran pregunta no es si Adorni se va, sino cuándo. Y, sobre todo, cuánto daño más puede causar antes de caer.
Porque en política hay algo peor que un funcionario cuestionado: un funcionario sostenido a pesar de todo. Ahí es donde el problema deja de ser individual y pasa a ser del poder.
Y en este caso, el poder tiene nombre propio: Karina lo sostiene, Milei lo paga.





