Karina Milei concentra el mayor rechazo dentro del sistema político.

El último relevamiento de la consultora Delfos dibuja un escenario adverso para el gobierno de Javier Milei, aunque todavía lejos de configurar una crisis terminal. Los datos son contundentes: una desaprobación del 64%, una imagen negativa del 62% y un deterioro simultáneo en todos los indicadores. Sin embargo, el cuadro general no parece, por ahora, encender alarmas estructurales en el sistema político.
La caída es evidente y tiene un núcleo claro: la economía doméstica. Casi la mitad de los hogares no logra cubrir sus gastos y otro 37% apenas llega a fin de mes. Es decir, ocho de cada diez argentinos viven bajo presión constante. En ese contexto, no sorprende que el 61% considere que el país está peor que hace un año ni que el 65% dude de la capacidad oficial para sostener la baja de la inflación. La percepción económica arrastra todo lo demás.
El dato más sensible no es solo el malestar, sino la pérdida de confianza. El 71% desconfía de las cifras del INDEC, lo que debilita el discurso oficial. Cuando la sociedad deja de creer en los números, también deja de creer en las expectativas del gobierno.
La figura presidencial también se desgasta: 36% de imagen positiva contra 57% negativa, con una caída marcada en la intención de voto. Incluso dentro del oficialismo, Karina Milei concentra el mayor rechazo. El fenómeno no es menor: refleja tensiones internas y un círculo de poder cada vez más cuestionado.
Ahora bien, estos números no anticipan un colapso político inmediato, aunque sí generan preocupación de cara al cierre del año. El dato clave del informe es otro: la oposición tampoco capitaliza el desgaste. En un eventual ballotage, Axel Kicillof aparece arriba, pero más por la caída del oficialismo que por una consolidación propia, especialmente en la medida en que toma distancia de Cristina Fernández de Kirchner.
El sistema muestra, así, una paradoja: el oficialismo se debilita, pero la oposición no se fortalece. Se trata más de una crisis de representación que de gobernabilidad inmediata.
Incluso el factor corrupción, que encabeza las preocupaciones sociales, impacta más como desgaste simbólico que como detonante de una crisis institucional. Javier Milei llegó con la promesa de terminar con “la casta”, y que este tema lidere la agenda erosiona su narrativa, aunque no construye automáticamente una alternativa.
En síntesis, el Gobierno atraviesa uno de sus momentos más complejos en la opinión pública, pero el escenario no es el de un final anticipado. Se trata, más bien, de una caída sostenida, con una sociedad desencantada y una dirigencia que aún no logra reconstruir credibilidad.
Otro dato a tener en cuenta: algunos medios oficialistas comienzan a tomar distancia. Esto podría interpretarse como una señal de presión o como un límite en la capacidad de sostener el relato. Si no hay correcciones en la economía real, el desgaste continuará. Pero, sin una oposición capaz de canalizar ese malestar, el horizonte sigue siendo incierto más que crítico.





