El escándalo de “Ladroni” dejó al desnudo la pelea en el oficialismo: se impuso la tropa de Karina, la de peor imagen, mientras Adorni intenta explicar lo inexplicable y el Gobierno anuncia prioridades que poco tienen que ver con la gente.

Si algo faltaba para confirmar que el Gobierno navega a la deriva, lo aportó el “affaire Ladroni”: una interna feroz que ya tiene ganadores. No fue el Presidente quien ordenó la tropa, sino su hermana. Karina mandó, Karina ganó, y el propio poder lo admite en voz baja. A su lado, la vieja guardia reciclada —los Menem— completa una postal más parecida a un comité de negocios que a un proyecto de país.
Mientras tanto, Manuel Adorni, cada vez más incómodo, ofreció una conferencia en la que no logró despegarse del escándalo por sus viajes a Nueva York y Punta del Este. Más que aclarar, confirmó: el Gobierno ya no controla el relato ni sus propias contradicciones.
Pero lo verdaderamente revelador vino después. En el mismo acto en el que debía dar certezas, anunció que el 10% de lo que se obtenga por privatizaciones irá a la compra de armamento. Sí, armas. En un país con pobreza creciente, salarios destruidos y jubilaciones en caída libre, la prioridad oficial pasa por fortalecer el aparato militar.
El argumento suena solemne: reconstruir las Fuerzas Armadas, recuperar capacidades, volver a ser “una nación seria”. La realidad es más cruda: uniformados mal pagos, sin equipamiento y ahora convertidos en excusa para abrir un nuevo negocio, con destino casi cantado hacia la industria bélica internacional, particularmente la de Estados Unidos.
El mensaje político es brutal por su sinceridad involuntaria: lo social puede esperar. O, peor aún, no importa.
En este escenario, Karina Milei consolida poder interno, aunque cargue con peor imagen que su hermano, Javier Milei. La lógica parece invertida: cuanto más cuestionada, más decisiva.
Así, entre internas, escándalos y anuncios desconectados de la realidad cotidiana, el Gobierno ofrece una síntesis inquietante: menos política, más negocios; menos sociedad, más armas.
Y todo, mientras se cae el relato.





